| Publicado por Alfonso Sánchez Romero en El Bermejino nº 303-307 (mayo 2007-septiembre 2007). Cuando en Abril del 711, un contingente de unos 7.000 hombres, formado en su mayoría por beréberes, al mando de Tariq ben Ziyad –valí de Tánger-, pasaron el Estrecho y desembarcaron en la Península, en la punta de Tarifa, nunca hubieran sospechado que en apenas medio año, Mugith, liberto de Tariq, al mando de un ejército iba a recorrer de suroeste a nordeste la Baja Andalucía para llegar a las puertas de Córdoba y rendir la ciudad. En la actualidad, es difícil encontrar algún investigador
o estudioso de la conquista árabe de España que ponga
en duda la teoría de la ocupación por pactos y acuerdos,
y que sólo en situaciones extremas y puntuales hicieran uso
de la fuerza. En esta forma de proceder de los árabes, reside
la clave para entender la rápida conquista que llevaron a cabo
en tan poco tiempo, proceder que, en cierto modo, era obligado teniendo
en cuenta el escaso número de árabes que entraron, por
lo que no podían prescindir completamente de la población
autóctona ni de su administración, sino solamente sobreponerse
a ella, como así lo hicieron. Y ello estaba avalado por el
célebre tratado concluido en el rachab del año 94 de
la héjira (abril del año 713) con el visigodo Teodomiro
–Tudmir en los textos árabes-, gobernador de la región
de Murcia, el cual gobernaba de modo casi independiente del poder
central de Toledo[1]. Sin embargo, Escobar Camacho[3], en lo referente a este período de inestabilidad e inseguridad, concretamente sobre el año 745, cita a Ibn al-Abbar que nos informa a su vez del establecimiento en el territorio de Priego de un contingente de soldados egipcios, a los que se unirían otras familias árabes, entre ellas un clan de procedencia yemenita. ¿Respondía a uno de los chunds o circunscripciones, a la vez militar y feudal, implantados en el waliato, que ya funcionaban en Siria, y que al parecer eran calcadas de los antiguos temas bizantinos?. Ésta sería una de las medidas adoptadas por el gobernador Abu-l-Jattar con el fin de pacificar el país tras los abusos de los sirios, y debido a la concentración de árabes del partido medinés y de beréberes en Mérida. Pero hasta finales del emirato no tenemos referencias que nos hablen de la ocupación del piedemonte de las Subbéticas cordobesas. Según Arjona Castro[4], a finales del siglo IX los Banu Himsi se asientan en estas tierras ocupando los puntos de poblamiento o hábitat ya existentes –el actual pueblo de Zuheros, Camarena y Hoyo del Gitano entre Cabra y Doña Mencía- al pie de las sierras Subbéticas, próximos a campos de cultivo, junto a caminos…, o bien recuperando otros asentamientos abandonados durante la Crisis del siglo III y las invasiones bárbaras –el Laderón de Doña Mencía-, asentando la población en torno a castillos o fortificaciones que edificaron sobre atalayas prácticamente inexpugnables[5]. Por otra parte, también disponemos de otras fuentes que retrasan estas fechas a mediados del siglo IX, citando un reparto de tierras, como las de la zona de Cabra que pasan a poder de los Wacitas o Vasitas, y dan a la ciudad el nombre de Wasseth o Vaset. El historiador añade que a partir del año 862, con el emir Muhammad I, empieza a emplearse el nombre de Cabra en algunos documentos árabes y cristianos[6]. Creemos, que al no precisarse la extensión ni los límites del territorio de Cabra que pasó a manos de los Wacitas, es probable que parte, o la totalidad, de las tierras de Doña Mencía entraran a formar parte del referido lote y, por lo tanto, ya en estas fechas tan tempranas el territorio menciano hubiera sido objeto de repoblación por parte de los conquistadores. Las fuentes históricas no volverán a citar a Cabra hasta años después con motivo de las incursiones de Umar ben Hafsun, cuando sus habitantes, por miedo, se sumaron a la causa del muladí. Al año siguiente (888), el emir Al-Mundir recupera la plaza, y hasta el siglo XI la villa gozó del prestigio de cabecera de cora, pasando posteriormente a depender del reino zirí de Granada[7]. Es posible que la suerte del Laderón y, por supuesto, de Camarena-Hoyo del Gitano –por razones obvias de su proximidad a Cabra- hubieran seguido estos mismos avatares. La rebelión del muladí (886-928) también alcanzó a Zuheros y Priego, distrito o iqlim de la cora de Elvira (Granada) donde, según Escobar Camacho[8], actuó Ben Mastana aliado de Umar ben Hafsun, apoderándose de varias fortalezas y, fugazmente, de Priego. En nuestra opinión, es posible que estas fortalezas que se citan fuesen las de las Subbéticas cordobesas y las del piedemonte de estas sierras, y que entre ellas estuviesen las Sujayras de Zuheros, del ¿Laderón?... Tras un control del territorio, por parte de los rebeldes, hasta el emirato de Abd-Allah, a principios del siglo X, los musulmanes fueron recuperando las plazas ocupadas. Muerto Umar en el 912, Abd al-Rahman III sometió definitivamente los últimos focos de sublevación liderados por los hijos de éste. Volviendo a Arjona Castro, dice que el geógrafo Ahmad ibn Umar Anas al-Udri distinguía varias Sujayra(s) en la cora de Elvira (Granada) y, que precisamente una de ellas era Zuheros, que era la cabeza del término comunal. Señala, este autor, en ese mismo distrito dos núcleos de población, uno Zuheros, el más grande, y Zuheret el más pequeño[9]. Sin embargo, en lo que no estamos de acuerdo con Arjona Castro es en la localización de la Sujayra más pequeña, es decir Zuheret, que la asigna al lugar conocido por el Castillo de Allende, de la Liendre o del Duende, situado a poniente del río Bailón y sobre una peña tajada[10]. Y en su libro Zuheros, comenta que ya en la primera Crónica General de la Conquista de Zuheros se cita Çuferos y Çuferet, dos poblaciones distintas, una más importante y la otra una alquería[11] sobre la peña hoy llamada Castillo de la Liendre, en la que por la parte del camino hay restos de construcciones que servían para proteger su único acceso. Entendemos que si se cita un hábitat o un lugar de poblamiento en la Crónica General, por muy importante que fuese éste, el cronista no se detendría en apuntar una alquería[12], teniendo en cuenta la relativa densidad y la frecuente movilidad de estos tipos de explotaciones que por aquellos años se podrían contabilizar en las zonas rurales; en cambio, sí lo haría al tratarse de una aldea o pequeño poblamiento –parecido al Çuferos de la Crónica-, aunque fuese más reducido. Por otro lado, y desde fundamentos arqueológicos, podemos aportar que en las prospecciones que llevamos a cabo en este yacimiento en marzo de 1977 y febrero de 1982[13], nunca encontramos tipo alguno de construcción antigua, ni en la parte del camino, único acceso, ni en ninguna otra zona de la reducida e irregular meseta. Es extraño que del castillo, al que se hace referencia, no quede ni una sola piedra, cuando se trata de un lugar elevado, escondido y apartado, mientras que en el actual Zuheros se han conservado bastantes restos de su castillo de similar cronología, por no citar los muros del recinto fortificado de la Fuente del Carmen a escasos metros y a poniente de este asentamiento y, fechable en los últimos años de la República Romana. Respecto al material cerámico que aparece en superficie, hay que hacer notar que corresponde a una etapa tardía, Del que se conserva en el Museo de Doña Mencía[14] podemos contabilizar ocho trozos de cerámica común: uno es del cuello de una redoma almohade (siglo XII); otros ocho de vidriada por ambas o por una sola cara, en tonos siena tostada, una en verde monocromo y otro en blanco; y cuatro con decoración digital en tonos pardo o estucados en rojo. Todo ello nos lleva a la conclusión, que el cerrillo conocido por el Castillo de la Liendre, de Allende o del Duende, pudiera ser una alquería, como así lo defiende Arjona Castro, pero de época muy tardia –posiblemente entre finales del siglo XII y XV-; en cambio la Çuferet de la citada Crónica o la Zuheret fechada a fines del siglo IX, habría que buscarla en otro lugar. Teniendo en cuenta lo anteriormente expuesto, proponemos el poblado del Laderón como el lugar que reúne las condiciones más idóneas para un hábitat de esta época y en este territorio. En primer lugar, por su proximidad a Zuheros (unos 4 km. a poniente y en el mismo piedemonte de las sierras Subbéticas); en segundo lugar por la perduración de población de una manera casi ininterrumpida, desde el Bronce Antiguo (unos 2000 años a.C., en base al material que se conserva en el museo). También, porque se trata de un cerro amesetado de unos 10.000 m2, con forma de tell, de privilegiada situación y estratégicamente protegido al norte, levante y poniente con fuertes pendientes, y por el sur con el intrincado territorio boscoso de la sierra Abrevia; con agua relativamente abundante –manantiales de La Hortichuela, La Plata o Las Pilas-, y próximo a campos de cultivo junto al viejo camino de Metedores[15]. Sin embargo, son las pruebas arqueológicas las que aportan más evidencias sobre la identidad del Laderón con el Çuferet de la primera Crónica General de la Conquista de Zuheros. Ateniéndonos a los restos arquitectónicos, si bien los paños de muralla que todavía se conservan más o menos disimulados por la maleza en el arranque de la ladera norte se fechan entre los siglos V al III a.C., o el aljibe de opus caementicium junto a la pendiente sur y próximo a una de las rampas de acceso, y los restos de un silo –del mismo material- que hasta la década de los 80 del siglo pasado se conservaron parcialmente en la zona media de la meseta se fechan en pleno Imperio Romano; no puede excluirse que pudieran haber sido reutilizados por la nueva población que ocupó el asentamiento. Refuerzan esta hipótesis, las ruinas que todavía se mantienen en pie de la Torre de la Plata, de clara cronología almohade, situada a escasos metros al noroeste del cerro. Y hasta la toponimia viene a reforzar nuestra teoría, pues el término “plata” asignado en estas tierras a la torre, a un paraje y a un viejo camino que comunica el de Metedores con el poblado del Laderón pasando por la citada torre[16]; de las dos acepciones que plantea, hemos visto más acertada la filiación árabe. Por último, el material procedente de este yacimiento y depositado en el Museo, también aporta pruebas muy decisivas para defender nuestro supuesto. Y de él, el numismático, pese a ser el menos numeroso pero más significativo: dos dirhemes de plata[17] y otro de cobre y/o bronce[18]. De marfil: un fragmento de pequeño recipiente, ¿perfumario?[19] y medio botón decorado con círculos concéntricos incisos[20]. Un par de hebillas de bronce con decoración calada a base de arabescos, y dedales también de bronce. Varios fragmentos de braseros de piedra caliza, uno de los cuales de forma cilíndrica estrellada con un número indeterminado de puntas y base plana, en la que sólo se conserva un pie, y decorado en la cara externa con motivos geométricos, fechado entre los siglos VIII-XII. Numerosos candiles de piquera, de cerámica, y fragmentos, fechados a finales del Califato (finales siglo X y comienzos del XI). Herramientas agrícolas, a destacar una hoz andalusí de hierro. Fragmentos de recipientes de vidrio. Placas de estuco rojo y fragmentos de losas de mármol. Diversos clavos, escarpias y otros elementos de hierro para la construcción. Y un sin fin de cerámicas de la más variada tipología y decoración, entre las que podemos destacar: un jarro con boca trilobulada y decoración digital en trazos verticales y tonos pardos, fechada en el primer tercio del siglo XI; varios fragmentos de grandes ánforas con decoración cúfica en relieve; un jarrito globular de cerámica vidriada en tono siena oscuro con cuello circular y un asa, fechable hacia el siglo XI; y dos cuencos vidriados en tono siena oscuro, fechados hacia el siglo XIII, por citar algunos ejemplos.
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Vista al norte y este del rio Guadalmoral |
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Desde mediados del primer milenio antes de nuestra Era, se tiene
constancia de un pequeño asentamiento de carácter agrícola,
atestiguado por la presencia de cerámica fabricada a mano,
bruñida y espatulada; pasando por las etapas de la Cultura
Ibérica –en base a la abundancia de cerámica ibérica
con decoración geométrica en tonos rojos-, de la Colonización
romana –cerámicas sigillata, paredes finas, comunes,
tégulas..., y monedas de bronce como ases de Marco Aurelio
y centenionalis, entre otro material-. Ya en la etapa visigoda, el
hábitat se hallaba muy reducido a causa del abandono ante la
inseguridad y el miedo generado por las invasiones, y como consecuencia
de las epidemias y la hambruna. En el museo se conserva un fragmento
de piedra caliza decorada con motivos visigóticos, ladrillos
estampados y fragmentos de cerámica común. El resto de la población del territorio menciano y zonas limítrofes, que aún en los albores de la entrada de los árabes a la península permanecieron apegados a sus tierras, se encontraban dispersos en pequeños núcleos muy reducidos en población, resultado de los ajetreados siglos V al VII, por un territorio en forma de media luna (sur-noroeste), en los parajes del Alón-Piedra Almez con la necrópolis de Las Campanas, el de la Plata-Llano Medina y Huerta del Genazar. Y asimismo, Detrás de las Huertas, todos al pie del Laderón, al sur del arroyo Gudalmoral y concentrados en torno al camino de Metedores. Continuaría al norte, en Las Pozas-Perrilla Cadena con la necrópolis del Horcajo, y el complejo de las Ventas con la Cruz de Baena-Higueruela, más próximos al Camino Real. Esta población, con casi toda seguridad, permaneció conservando sus caracteres económicos, sociales y religiosos propios de hispano-romanos y visigodos hasta las invasiones almorávides y almohades. En el museo hay depositado material de época visigoda, como varias piezas arquitectónicas: capiteles compuestos, fustes octogonales, sillares con decoración fitomorfa, entre otro, procedente de una posible basílica paleocristiana que perduró en actividad, con bastante probabilidad, hasta estas fechas en el Alón, así como también de los restantes yacimientos citados, y en especial del cerro de las Pozas, del que se han conservado más de cien monedas de la mayoría de los emperadores romanos del Bajo Imperio[26]. Vienen a apoyar el hecho de la permanencia de la población en estas tierras, las palabras de Al-Idrisi que dedica a la villa y campos de Baena: “es un gran castillo construido sobre una eminencia del terreno rodeada de olivares, campos de trigo e higueras”. A ella aluden tanto La crónica del moro Rasis, como Yaqut y Al-Himyari. Este último afirma que en Baena existía una mezquita aljama[27]. De Priego, Escobar Camacho[28] nos dice, que la agricultura fue su principal actividad económica, destacando los cultivos hortícolas y los árboles frutales junto al cereal, la vid y el olivo y, especialmente, el azafrán, completándose con una mínima actividad artesanal, una industria alimenticia –presencia de numerosos molinos-, un mercado local y las exportaciones de azafrán. La situación de este territorio y de su población durante el Califato, sospechamos tuvo que haber sido de una relativa tranquilidad, supeditada a los momentos problemáticos y de dificultades, por una parte, y por otra a las situaciones de prosperidad y acertadas actuaciones del califa y sus altos dignatarios. En el caso del campo de Priego[29], antes de la sublevación muladí de Umar ben Hafsun (886-921) pertenecía a la cora de Elvira (Granada), junto con Zuheros. Durante ella adquirió la categoría de cora, para reintegrarse a su antigua categoría administrativa –según Ibn Hayyan- para mediados del siglo X. Zuheros, una vez controlada por el poder central, pasó a depender provisionalmente del gobernador residente en Priego, fortificándose en los últimos decenios del siglo XII. Y al final del Califato, pasó a formar parte del reino zirita de Granada, al igual que Zuheros, interviniendo en las disputas internas por la sucesión del mismo. Cabra[30], por su parte, tras la recuperación de la plaza por el emir Al-Mundir de los sublevados muladíes (888) hasta el siglo XI se convirtió en cabecera de cora pasando, posteriormente, a depender del reino zirí de Granada. Y Baena, en el año 899, fue conquistada por Umar ben Hafsun, como previo paso a la conquista de Córdoba, para poco después, en el 929, se convierte en la capital de la cora de Cabra. Con la fitna, en el 1031, el Califato se desmembró y el territorio se fragmentó en una serie de pequeños estados, conocidos con el nombre de Reinos de Taifas –banderías-. Entre los más importantes, el de Zaragoza, Sevilla, Badajoz, Toledo, Córdoba, Almería, Granada, Valencia. Los de Sevilla, Córdoba, Zaragoza, entre otros, conservaron el mando de la antigua aristocracia árabe. Aunque no tenemos referencias ni datos puntuales en las fuentes medievales, ni pruebas arqueológicas de la situación en que quedó, o de los acontecimientos que pudieron ocurrir en el territorio del piedemonte de las Subbéticas cordobesas en estos años, podemos deducir que la zona de Priego y Zuheros permaneció formando parte del reino zirita de Granada. En cambio, de Cabra, tenemos la noticia de la disputa entre los ziríes y el rey Al-Mutamid de Sevilla, que obligaron al rey Alfonso VI de Castilla a intervenir mediante sus ricos-hombres enviados para cobrar tributo al granadino, los cuales terminaron aliándose con el rey de Granada contra el de Sevilla. El Cid Campeador, junto a Cabra, terminaría por vencer a los coaligados en 1079. Así como también de Baena, que al final del Califato acabó saqueada por los beréberes sin haber podido recuperarse en el siglo XII[31]. Pero la situación iba a cambiar a partir de la segunda mitad del siglo XI, ante la llegada de los almorávides procedentes del norte de África y, sobre todo, con la entrada de los almohades (berberiscos del Atlas) a mediados del siglo XII. De Priego[32], tenemos noticias de la ocupación de su territorio por los almorávides (1090) y de la visita por al-Idrisi, cuando era una de las ciudades principales de Elvira, así como de la sustitución de éstos por los almohades al finalizar la primera mitad del siglo XII, fijando su residencia en ella un grupo de musulmanes ricos. Y respecto a Cabra[33], que fue la plaza donde Alfonso I el Batallador descansó unos días en 1126 cuando venía de guerrear contra los almorávides[34]. Basándonos en algunos de los restos arqueológicos de los yacimientos de este territorio depositados en el museo, y pertenecientes a los primeros años de estas invasiones, apuntamos, que la población del pidemonte de las Subbéticas cordobesas sufrió, posiblemente, las consecuencias de la ocupación de una nueva gente reformista y fanática, experimentando un nuevo despoblamiento[35] y una vuelta a lugares mejor protegidos o a centros de mayor importancia, pero al cabo de algunos años, y ante la recuperación de una relativa calma, un cierto sector de la población -posiblemente el agrícola- volvió a sus anteriores asentamientos, al mismo tiempo que es muy posible, se produjera un progresivo aunque lento aumento de población. Este proceso afectaría a nuevos y numerosos hábitats –en forma de pequeñas alquerías y almunias-, localizables de una forma algo dispersa, pero junto a los caminos Real y Metedores, próximos a tierras de cultivo y a puntos de abastecimiento de agua, más que en los viejos núcleos de población. Así, al pie de la sierra Abrevia, al sur del río Guadalmoral y en torno al camino de Metedores, se crean las pequeñas explotaciones agrícolas del Puerto y el Pozuelo[36], mientras los antiguos complejos del Alón-Piedra Almez, Llano Medina-La Plata, el Genazar y Camarena-Hoyo del Gitano, se transforman en una serie de alquerías y almunias muy dispersas, buscando mejores condiciones para la explotación –buena tierra, junto a manantiales y arroyos…-, alcanzando a los parajes de Polvillares, al norte del Alón -fragmento de braserillo árabe de piedra[37], Hoyo de las Huertas, en la encrucijada de los viejos caminos de Metedores y La Junta, y entre el Alón y Llano Medina[38], La Hortichuela, en la misma base norte del Laderón[39]. Detrás de las Huertas, junto y a poniente de la casería del Genazar -dos fellus de bronce[40], y Fuente del Aguardiente, al norte y a unos 600 metros de Camarena-Hoyo del Gitano, transformación de un viejo poblado tardorromano en una alquería -¿bullae? de plomo con ¿grafía cúfica?, y cerámica[41]. Al norte del río Guadalmoral, en dirección soroeste-noreste
y próximo al Camino Real, los antiguos asentamientos de las
Pozas-Perrilla Cadena y las Ventas con la Cruz de Baena Higueruela,
experimentan la misma transformación que los complejos situados
al pie de la sierra: [42]fellus
de bronce, vidrios, hoz y fragmento andalusíes de hierro, cerámicas
y otro material; [43]
candil y boquilla de piquera, de cerámica; [44];
[45]así
como otro candil de piquera, de cerámica y unos fragmentos
hallados en el Llano de Santa Catalina que podemos asociar al complejo
de las Pozas-Perrilla Cadena-. Mientras, en torno a la Serrezuela-Sierra
de Baena, surgen nuevos caseríos de carácter rural,
como los del Jardinito, Alto de los Olivares y Serrezuela-Pechos de
Antona, en las laderas de poniente de este macizo y próximos
a las huertas y manantial del Pilar de Abajo[46],
el Pecho Lagarejo, en la cumbre de esta cadena, próximo a manantiales
estacionales –como los del Balachar- y, posiblemente, con un
carácter más pastoril, y que fue el resultado final
de una antigua villa romana[47];
y Los Alarcones, en la nava del macizo, con manantial propio y tierra
de huertas[48].
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Al pie de la sierra Abrevia |
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La Torre de la Plata[49], de forma prismática, se encuentra a un kilómetro y medio al suroeste del pueblo, en los declives de las estribaciones Subbéticas, próxima a la Cañada de la Plata hacia poniente, manantial y antiguo camino del mismo nombre que la separa del Laderón. Pese a estar emplazada en una ladera de escasa dominancia, su situación es de capital estrategia para avistar todo el hemiciclo norte de la Campiña cordobesa. Aparece rodeada de abundantes restos cerámicos romanos, visigodos y árabes, así como hallazgos de monedas romanas y árabes, entre otros. En la Historia de la Villa de Baena, de Valverde y Perales[50], se narra la intervención de estas torres en la batalla de Lucena, en abril de 1483, cuando Boabdil el Chico reunió en Granada un ejército de 7000 hombres con el fin de llevar razzias al territorio cristiano. Estas torres actuaban como puntos de comunicación mediante señales de fuego y, en el caso de esta batalla, nos cuenta el historiador que las señales de alarma de los vigías habían sido notadas desde Baena, y que en la torre de las Arqueras se veía cómo desde la torre de las Atalayas se arrojaban hachas encendidas hacia la parte de Cabra, señal de que por aquel lado había entrado el ejército granadino. Entre febrero de 1240 y marzo de 1241, Fernando III conquistó todas estas tierras de la Campiña y parte de las Subbéticas cordobesas[51] y, por lo tanto, los castillos de Zuheros y Zuheret[52] que fueron puestos bajo jurisdicción señorial para un mayor fortalecimiento y defensa de la frontera con el reino nazarí de Granada. En un principio el rey los donó a su esposa Juana de Ponthieu, y en 1252 ésta los cedió a la custodia de la orden de Calatrava. En cambio, en cuanto a Priego, basándose en M.C. Quintanilla y M. Peláez, retrasa la primera conquista cristiana a julio de 1226, cuando Fernando III aprovechando la decadencia almohade destruye su alcazaba y mata a sus habitantes. Precisan que, desde esta fecha hasta diciembre de 1245, no se tienen noticias de esta plaza, pero a partir de este año el monarca la entrega a la orden de Calatrava. En cuanto a Cabra[53], se fija la fecha de su reconquista en 1254, aludiendo a la percepción del diezmo eclesiástico, aunque al parecer fue pactada la entrega de la villa entre los musulmanes y Fernando III, el cual otorga carta a los vencidos para seguir habitando en el lugar y gozando de sus propiedades. Siguen apuntando que, en manos del monarca quedaron la fortaleza, el señorío y la percepción de tributos, y que en 1258, Alfonso X la confirmaría y mandaría que se les respetase. En el mismo año, pasa a integrarse en el término del consejo de Córdoba, pero su castillo queda bajo el infante don Rodrigo Alonso, y todavía en 1262 se tienen noticias de su aljama. Ya, en 1295, es cuando la orden de Calatrava permuta su villa de Santa Olalla por Cabra. De la misma manera, Baena pasó a manos de Fernando III mediante pacto firmado con los musulmanes en 1241, según noticia de la Crónica de Fernando Salmerón. La frontera, en la zona sur de la actual provincia de Córdoba,
estaba constituida por una franja aproximada de unos 50 kilómetros
de anchura. Era el sector más inestable de toda la línea
fronteriza por las continuas fricciones, y de dominio alterno nazarí
o cristiano[54]
. No obstante, existían pasos naturales de penetración
de un lado o del otro de la frontera y, es así que, desde Baena
la milicia castellana invadía el reino de Granada. Desde 1236,
Córdoba es el centro castellano rector, diplomático
y militar de su bien concebida empresa de carácter ofensivo.
Otro factor que contribuyó a esta inseguridad y por supuesto
a los avances y retrocesos de la frontera, fue la existencia de continuas
crisis internas de los reinos cristianos, durante la segunda mitad
del siglo XIV y el siguiente. Por su parte, el reino nazarí,
tampoco daba una imagen de conjunto coherente y estable. Las ásperas
luchas por el poder, que protagonizan diferentes bandos aristocráticos
(Alabeces, Gazules, Abencerrajes…) demuestran la falta de consistencia
interna del reino granadino, la cual está sobre todo motivada
por la carencia de un sistema institucional, que legalice la situación
dinástica. En esta zona fronteriza, en primera línea se encontraba una serie de localidades que, con sus correspondientes fortalezas, desempeñaron en su conjunto un papel de primer orden dentro de las relaciones entre ambos reinos. Unas eran núcleos de población habitados con mayor o menor densidad, mientras que otros no pasaban de ser meros enclaves militares, sedes de reducidas guarniciones o simples torreones de vigilancia, que sirvieron de base desde las que se organizaron frecuentes operaciones bélicas y desde luego fueron indispensables núcleos de defensa en el más amplio sentido, pues fueron utilizados como puestos de control y observación para la prevención de ataques enemigos y actuaron a modo de escudo protector para las comarcas situadas más al interior, al soportar las insistentes entradas de tropas nazaritas debilitándolas o frenándolas en su avance. Fue competencia del monarca, la defensa y mantenimiento de estos castillos, para lo cual recurrió a la Tenencia, institución que regulaba su guarda por delegación la entrega a particulares con los que establecía unas relaciones específicas fundamentadas en firmes compromisos por ambas partes. Uno de los datos que viene a coincidir, en cierto modo, con la arqueología
del Laderón, es el que nos facilita Escobar Camacho[55] cuando
nos dice que, si bien la población musulmana permaneció
a lo largo de la mayor parte del siglo XIII en las villas de Zuheros
y Zuheret, esta última se despoblaría a fines de dicha
centuria. Aunque, es cierto que, en el Laderón aparecen cerámicas
de tipología tardía que podrían asociarse tanto
a los almohades de los siglos XII y XIII, como a los repobladores
cristianos y mudéjares que se asentaron con posterioridad en
los territorios reconquistados; pensamos que, la aportación
histórica resulta más convincente para explicar el despoblamiento
de este hábitat, esto es, la decisión de las gente de
la orden de Calatrava de construir una pequeña atalaya en la
zona de poniente del castillo. Éste se construyó casi
dos siglos después, con el fin de anular y contrarrestar la
fortificación del Laderón que, posiblemente, se veía
menos segura con una población poco fiable y difícilmente
controlable tras su derrota y sometimiento. Consecuentemente, hay que aceptar que al igual que las plazas fuertes limítrofes o próximas al territorio menciano –como Cabra, Baena, Zuheros, Priego- sufrieron los embates y nuevas ocupaciones musulmanas, la población de este territorio debió pasar por los mismos acontecimientos, experimentando nuevas emigraciones y posteriores repoblamientos. Así, Zuheros[56], en la primera mitad del siglo XIV, pasó de nuevo a la jurisdicción señorial, reforzando su fortaleza y recinto amurallado como consecuencia del debilitamiento y hundimiento de la frontera. Y, según el Libro de la montería de Alfonso XI, la mayor parte de sus tierras se encontraban sin cultivar, donde pastaba el ganado extremeño, destacando en el resto la producción de trigo, principalmente, junto con algunas viñas y olivares. De Priego[57] sabemos que, en 1253, se realizaron intentos para atraer repobladores a la zona. En agosto de 1341, Alfonso XI llevó a cabo la segunda y definitiva conquista pasando a reparar su recinto amurallado y, a partir de entonces, no cejaron de hacerse concesiones y repartimiento de tierras con el fin de repoblar el lugar. Cabra[58], bajo la orden de Calatrava, mantuvo su señorío hasta 1331, año en el que fue arrasada y llevada su población cautiva a Granada. Hacia 1344, Alfonso XI la da a doña Leonor de Guzmán, previo otorgamiento del fuero y carta de repoblación. Pasa de nuevo al realengo y, a fines del siglo XIV, es donada al infante don Enrique que ostenta el título de duque de Cabra. El 11 de agosto de 1267, Baena aparece ya como señorío de don Rodrigo Alonso, tío de Fernando III[59]. En 1293, Sancho IV la devuelve a Córdoba, sufriendo un duro ataque musulmán unos años después. Su situación fronteriza le ocasionó serios conflictos. En 1300 Muhammad II sitió la villa. Y en 1394 se convierte en señorío de don Diego Fernández de Córdoba, siendo la villa mejor poblada del reino de Córdoba, en esta etapa, por el número de collaciones o feligresías. En lo referente a la población en la nueva tierra, la Historia de España de Menéndez Pidal[60] nos revela que, si bien en la cuenca del Guadiana podía imponerse fácilmente cierta uniformidad en régimen, procedimiento y actividad económica, en cambio, en buena parte de Andalucía y Murcia se exigía respeto a la población musulmana que permaneció, así como a los pactos, y de igual modo la atención a una frontera próxima y activa, y aún a las modalidades que aconsejaban el clima y la situación. La norma que se siguió fue conservar los límites antiguos para los territorios de los castillos y ciudades recién ganados. En los sometidos por pacto, con permanencia del pueblo musulmán, no era necesario fijarlos. En los términos que padecieron la salida de su población anterior se hizo necesario el amojonamiento en los deslindes, y para esos amojonamientos se buscó la cooperación de musulmanes conocedores de los términos anteriores, aun gestionando su ayuda en las tierras que ya hubiesen emigrado. En realidad, los campos de Andalucía y,. concretamente, la cuenca del Guadalquivir, ya venían padeciendo abandonos desde antes de la conquista. Los pobladores cristianos, en la mayor parte de sus campos, pudieron encontrar casas, molinos, huertas, viñedos y olivares, aunque parcialmente destruidos. Los villares se pueden documentar en los términos de Córdoba, Écija y en la banda morisca. Menéndez Pidal también informa, que por ser la población
rural la más numerosa, y para efectuarse una repoblación,
era necesario que hubiesen desaparecido del territorio correspondiente,
total o en su mayor parte, los propietarios musulmanes por capitulación
o por disposición acordada. En los casos de ventas de heredades
que se documentan, negociadas directamente entre moros y cristianos
antes de hacerse la repoblación oficialmente, se respetaban
los términos de la adquisición, al menos dentro de ciertos
límites, haciendo así innecesario el reparto de la totalidad
del término. Las ciudades y términos en que la emigración
de los moros era acordada por capitulación, fundamental para
una rápida penetración y afianzamiento de los castellanos,
constituían la mayor parte de la superficie ganada, superior
a la que había quedado en poder de los que por pacto de sumisión
permanecieron en sus villas y términos[61].
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Castillo de Liendre. Al fondo, el castillo y la localidad de Zuheros |
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En la Historia de España de Menéndez Pidal[64], se confirman algunos pormenores de la información que, según Montañez Lama, se citan en la Historia genealógica de la casa de Cabrera, como de la existencia de los personajes o el matrimonio de Pérez de Castro con doña Mencía. Así, nos habla de la inesperada muerte de Álvar Pérez de Castro, en 1239, que impulsó a Fernando III a efectuar una larga estancia en Andalucía, fijando su residencia, de febrero de 1240 a marzo de 1241, en Córdoba. Ello desconcertó a los musulmanes de la Campiña, que junto a las negociaciones y a las armas de los cristianos, entregaron a don Fernando villas y castillos de esta comarca, como Écija, Almodóvar, Setefilla, Lucena, Luque, Estepa y otras. Además de Hornachuelos, Mirabel, Fuente Tomiel, Zafra Pardal, Zafra Mogón, Rute, Bella, Baena, Zambra, Benamejí, Aguilar (Poley), Zueros, Zuerete, Montoro, Porcuna, Osuna, Cazalla y no lejos Morón y Cote. También, en lo referente a los problemas por los que estaba pasando Sancho II de Portugal para mantenerse en el trono, nos dice que, en 1245, aparte de estar casado con doña Mencía, la viuda de Alvar Pérez de Castro y sobrina de don Fernando, se vió desasistido de los suyos, teniendo que buscar la ayuda del infante castellano para resistir a los ataques del hermano Alfonso III sostenido por los eclesiásticos. En otro capítulo, aparece el contencioso de la corona de Portugal[65], en la que uno de los factores desencadenantes de los enfrentamientos entre el rey, sus hermanos, la nobleza y el clero, fue el anuncio del matrimonio de Sancho II con Mencía López de Haro, hija de Lope Díaz, señor de Vizcaya, y viuda de Álvar Pérez de Castro. Esta unión era importante para el comercio exterior portugués pero, en cambio, una amenaza para las aspiraciones de Alfonso –hermano del rey-, por lo que se buscó considerar ilegítimo el enlace, alegando que los contrayentes eran igualmente biznietos de Alfonso Enríquez. Por las campañas de excavaciones arqueológicas llevadas a cabo (invierno-primavera 1998 y 2000), en la mitad este del castillo[66], sabemos que se erigió sobre las ruinas de una villa de explotación agrícola tardorromana (siglos III-IV), la cual estaría emplazada hacia la zona noroeste, y de la que se pusieron al descubierto una alberquilla y parte de otra, para decantación de ¿aceites?, construidas ambas de opus caementicium y recubiertas en su interior por signinum; además de unos muros de sillares en mampostería enlucidos por el mismo material. En el mismo espacio se identificaron cerámicas sigillata, dolia, tegulae y común romana[67]. Con posterioridad a las excavaciones, cursaron visita al castillo especialistas en Arqueología Medieval de la Universidad de Córdoba, quienes después de examinar el murete de mortero que arranca en perpendicular del muro exterior de poniente, lindante con las Angustias (calle donde se tiene constancia que estuvo ubicada la ermita de las Angustias) y hacia el interior del recinto (hoy terraza del Hogar del Pensionista), plantearon que pudiera tratarse de obra de fábrica de las gentes de la orden de Calatrava tras la conquista de estas tierras a mediados del siglo XIII, (hipótesis que vendría a despejarse con un estudio más exhaustivo de los cimientos de una torre, de sillarejo y mortero, que se mantuvo de pie hasta bien entrado el siglo XX, y de la que hoy se conservan restos en el foso del montacargas del referido Hogar.) Este argumento vendría, una vez corroborado en todos sus pormenores, a confirmar los planteamientos, más arriba expuestos, sobre la existencia de una atalaya o pequeña fortaleza construida de mortero y mampostería, a mediados del siglo XIII, por los calatravos con el fin de servir de antecastro o torre de vigilancia en el portillo que quedaba abierto y desprotegido entre las plazas fuertes de Cabra y Baena; y de esta manera, obstaculizar las razzias e incursiones para el saqueo de la Campiña cordobesa que se organizaban desde el reino nazarita de Granada. Del siglo y medio aproximado (segunda mitad del siglo XIII y el XIV) que trascurre desde la conquista de estas tierras del piedemonte y Subbéticas cordobesas –concretamente el territorio que ocupa el actual pueblo de Doña Mencía- hasta los comienzos del siglo XV, cuando se edifica el castillo y se construyen las primeras casas del pueblo a su alrededor; seguimos sin disponer de fuentes escritas que nos informen de su situación poblacional, económica, política y religiosa. De tal forma que, tan sólo contamos con el material arqueológico procedente del territorio y depositado en el museo. Este material, en concreto, se reduce a una serie de fragmentos cerámicos, en su inmensa mayoría vidriadas (tonos verde monocromo, melados, sienas y ocres), lisas y, también, vidriadas por ambas caras o decoradas con verdugones en tono negro, la engalba o engobe –blanca o de color-, e incluso, esmaltadas –con óxido de estaño-. Todas ellas son asignables a un amplio período de tiempo –siglos XII y XIII al XVIII-. Procederían de las posibles alquerías que permanecieron durante los primeros años tras la conquista del rey castellano en propiedad mora, aunque con el tiempo fueron pasando a manos de emigrados cristianos que aprendieron y siguieron con las técnicas de fabricación de la cerámica y otras artesanías, el cultivo de la tierra, y conservaron algunas costumbres, palabras, topónimos. En cuanto a esta población, que debió ser muy exigua dada la movilidad de la frontera y las continuas razzias y saqueos que debió sufrir por ambas partes, estamos convencidos, sin embargo, que en estos campos permanecieron unos pequeños grupos de agricultores y pastores que a comienzos del siglo XV fueron aglutinándose en torno al castillo y dando lugar al pueblo de Doña Mencía[68]. Las alquerías y almunias que debieron aportar el mayor número de agricultores y pastores a la creación del pueblo, se encuentran en el paraje de las Pozas-Perrilla Cadena, a escasos 500 metros a poniente y cruzado por el camino del Calatraveño que une el camino Real con el castillo –sugerente nombre este del camino del Calatraveño que, posiblemente, debe su trazado y construcción a la orden militar homónima a la que debió mover fines militares e intereses comerciales-[69]. La pervivencia de población en este yacimiento está avalado, además, por el registro de más de setenta monedas acuñadas, en su mayoría en los siglos XVI y XVII, por los Austrias –Felipe II, Felipe III y Felipe IV- y algunas, en el XIX, por los Borbones –Isabel II, Gobierno Provisional y Alfonso XII-, lo que prueba que el trasbase de población no se efectuó de una forma rápida y en un sólo momento, sino que se iniciaría a fines del siglo XIV y comienzos del XV para prolongarse hasta el XVII. Los hallazgos numismáticos del XIX pudieran explicarse por el enclave de alguna cortijada o caserío hoy desaparecido[70]. Otro centro, del que deducimos que apenas aportó pobladores, fue el complejo de las Ventas o Colmenar[71], ya que al parecer siguió como venta o casa de postas, a caballo entre el camino Real y el camino viejo de Baena, manteniéndose como tal hasta, al menos, mediado el siglo XVIII, según consta en el Libro de Bienes de Eclesiásticos del Catastro de Ensenada[72], donde se nos dice que “distaba del pueblo más de un cuarto de legua”, y en dirección noroeste. El tercero y último complejo de almunias y alquerías
que debió aportar alguna población, fue el Genazar y
la Plata-Llano Medina, junto al camino de Metedores y a poco más
de medio kilómetro hacia el suroeste del pueblo. De la zona
de poniente, y junto a la casería del Genazar conocida por
Detrás de las Huertas, se tienen depositados en el museo fragmentos
de cerámica bajomedieval, dos fellus de bronce, una moneda
de los Reyes Católicos o de ¿los Austrias?, varias monedas
de Felipe IV, y otras de los Borbones[73].
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El Laderón desde sierra Abrevia |
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Por su parte, Valverde y Perales en su obra Historia de la Villa de Baena[77], nos dice, respecto al mismo acontecimiento, que se concedió al Mariscal, Diego Fernández de Córdoba, un privilegio durante la menor edad del rey don Juan II, fechado en Toledo a 2 de Agosto de 1415, para que fundara el pueblo de Doña Mencía, construyendo una fortaleza, la que labró desde los cimientos y, para que la nueva población se nutriera de habitantes, se le concedió por nueva cédula Real, fechada en 15 de enero de 1420, que llevara a ella veinte vecinos de Baena declarándoles libres de pagar alcabalas y toda clase de pechos y derechos. La nueva villa y fortaleza quedó desde luego bajo el señorío y pertenencia del Mariscal, siéndole confirmado el privilegio en 15 de junio de aquel mismo año. Como podemos deducir de la información aportada por Montañés Lama para la construcción del castillo y la fundación del pueblo, difiere con Valverde y Perales, en que para éste el castillo se levantó en la misma fecha que el pueblo, es decir, a comienzos del siglo XV, ignorando que hubiera existido algún otro tipo de construcción militar con anterioridad. En cambio, Montañés Lama hace una distinción cronológica entre la edificación del castillo –a mediados del siglo XIII- y el pueblo –a comienzos del siglo XV-. Nosotros, en base a lo anteriormente expuesto y, principalmente, a la vista de los restos de construcción hallados en la zona de poniente del castillo asignables a las gente de la orden de Calatrava, entendemos que hacia mediados del siglo XIII los calatravos edificaron una atalaya –ya descrita en párrafo más arriba-, con el fin de contener, en esta zona, las razzias de las gente de Granada. Esta atalaya se mantuvo en una relativa actividad en función de las fluctuaciones de la frontera, de los saqueos y destrucciones por ambos bandos, hasta finales del siglo XIV o comienzos del XV, cuando se construye el nuevo castillo por mudéjares en el mismo solar, pero ampliado hacia levante. Así, constan en el museo los numerosos fragmentos cerámicos de estas fechas, trozos de estuco y, en especial, un fragmento de yesería morisca con inscripción en altorrelieve, en caracteres árabes, que se tradujo como uno de los atributos de Alá …el poder, el éxito…, obtenidos en las intervenciones arqueológicas[78]. En lo referente a los veinte vecinos que se llevaron de Baena para repoblar el nuevo pueblo, aunque estamos de acuerdo con lo manifestado por ambos historiadores, pues pensamos que se debió tratar de milites o caballeros y, por lo tanto, de personal dirigente, no excluye nuestra teoría ya avalada arqueológicamente; y, por otra parte, también reforzada, ante la necesidad de agricultores conocedores de sus campos y siervos al servicio del castillo. La permanencia de la antigua población de campesinos hispano-romanos, más adelante transformada en mozárabes y muladíes y, por último, en mudéjares y repobladores cristianos, -aunque muy reducida en número y dispersa por los asentamientos ya estudiados-, puede ser totalmente viable para comprender la fundación del castillo y el pueblo, su organización y crecimiento. Por último, no estamos de acuerdo con lo manifestado por Valverde
y Perales, respecto a que el Mariscal construyó la fortaleza,
labrándola desde sus cimientos, cuando en las intervenciones
arqueológicas del invierno-primavera de 1998 y 2000 –ya
citadas en párrafo anterior-, concretamente, en la zona noroeste
de intramuros del castillo, se pusieron al descubierto restos de una
villa agrícola tardorromana y, sobre la que, con toda probabilidad,
la orden de Calatrava, a mediados del siglo XIII, levantó la
atalaya, que en mejores o peores condiciones, llegó a comienzos
del siglo XV para construir sobre ella el castillo mudéjar
que, aún a comienzos del siglo XXI pervive aunque no en muy
buenas condiciones. BIBLIOGRAFÍA: - Archivo Español de Arqueología. Depto. de Historia
Antigua y Arqueología. Centro de Estudios Históricos.
Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid.
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[1]El Tratado venía a
respetar su status que le permitía conservar cuanto poseía.
Página 21 del tomo IV de la Historia de España de R.
Menéndez Pidal. 1982.
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