| Publicado por Alfonso Sánchez
Romero en El Bermejino nº 310 diciembre 2005.
EL CERRO DE LAS POZAS DURANTE EL MUSTERIENSE. ¿LUGAR
DE PASO O CAZADERO DE NEANDERTHALES?
Los restos de actividad humana más antiguos hallados en el
término municipal de Doña Mencía, son dos lacas
de sílex talladas[1]
asignadas a una industria lítica del Musteriense, fechables
hace unos 30.000 años y atribuidas a un reducido grupo de neanderthales.
En la opinión de la profesora de Prehistoria de la UCO, Drª.
Mª. Dolores Asquerino[2]
nos dice: Los testimonios de la actividad humana en Doña Mencía
que podemos considerar como más antiguos son, por el momento,
las piezas talladas en sílex, dentro de la tradición
musteriense, procedentes de las Pozas”[3].
Las Pozas es una colina de colmatación, formada por material
de arrastre aportado por el arroyo Guadalmoral a lo largo de los últimos
períodos geológicos, Pleistoceno Superior y Holoceno,
procedente de su margen derecha -la Serrezuela y el Balachar donde
nace-, y por la izquierda de Sierra Abrevia en las Subbéticas,
-gracias a la acción erosiva y mecánica de los arroyones
de la Nava, la Plata y la Peñoncilla- y depositado en la depresión
del Pilar de Abajo y arroyo de las Salinas[4].
Geográficamente se encuentra situado en el piedemonte de las
Subbéticas cordobesas, al noroeste del pueblo de Doña
Mencía y en su término municipal, entre las coordenadas
geográficas 37º 32’ 33” a 37º 33’
22” y 4º 21’ 45” a 4º 22’ 10”.
Con una extensión superficial de unas diez fanegas –algo
más de sesenta mil metros cuadrados- y, a un altitud de 530
a 567 metros sobre el nivel del mar en Alicante[5].
Al cerro se accede por el camino del Calatraveño, que parte
del barrio norte o casco antiguo del pueblo –donde se ubica
el Castillo- por las calles Torres y Pilar de Abajo, cruza la carretera
vieja a Baena, pasa por el manantial y lugar del Pilar de Abajo, el
polígono industrial a la derecha y el complejo polideportivo
a la izquierda, para llegar al asentamiento arqueológico después
de recorrer apenas quinientos metros. Este camino que discurre de
este a oeste, es una vía de carne o de paso de ganado, posiblemente
se deba a la Orden de Calatrava, tras la ocupación de estas
tierras hacia mediados del siglo XIII y, con el fin de enlazar el
Castillo con el Camino Real –camino que comunicaba a Cabra con
Baena-. Pasa junto al cerro que lo deja a su margen izquierda, aunque
topográficamente debe partirlo, dejando una meseta prolongada,
incluso más extensa que la de las propias Pozas, hacia el septentrión
conocida por la Perrilla Cadena y, que arqueológicamente debemos
aceptar como un único hábitat disperso por ambos parajes.
Por la misma razón, hacia el norte y noroeste, habría
que aceptar el poblamiento diseminado por las colinas y altozanos
del Horcajo, el Virgo, las Ventas, Higueruela, Talegares y Cruz de
Baena como integrante de la misma unidad de población.
Visto desde la zona suroeste del pueblo y la carretera vieja a Cabra
–a la altura del Pontón o del Genazar-, presenta el perfil
de un cerro amesetado muy alargado, ocupado por el dominio del olivar,
sometido a continuas actividades agrícolas, y en algunas ocasiones
de desfonde, que han puesto al descubierto cantidades considerables
de material arqueológico, y alguno de probada importancia científica,
que en más de una ocasión ha movido a los responsables
del Museo local a denunciar la situación de peligro del yacimiento
y como última medida, ante el acoso de furtivos, a recuperar
y depositar los restos en el museo.
En estos comienzos de la glaciación Wurmiense, el territorio
del piedemonte y Subbéticas estuvo cubierto por bosques en
sus tres pisos de encina, roble y pinares, sustituídas en las
zonas más bajas -¿las Pozas?-, por una vegetación
compuesta de exiguos praderíos, pastizales, arbustiva enana
y matorral bajo[6].
Con el paso del tiempo debió dar lugar al profundo suelo de
redsinas que presenta en nuestros días[7].
En cuanto a la abundante fauna, en las vertientes de las montañas
convivían especies alpinas que descendieron de las montañas
ante el avance de los hielos, con las propias de las llanuras y con
otras indiferentes al clima. Así, vivirían cérvidos,
caprinos, équidos, bóvidos y suidos; conjunto acompañado
por carnívoros, tales como osos, hienas, lobo y una gran variedad
de roedores[8].
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Vista del cerro de las Pozas desde la sierra, con la torre de la
Plata en primer plano.
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| El clima frío y húmedo, caracterizado
por largos y rigurosos inviernos y cortos y frescos veranos, originaría
anualmente un intenso deshielo, cuyas aguas dejarían sentir
sus efectos erosivos muy acentuadamente, arrastrando los aluviones
que explican la formación de estos depósitos –como
las Pozas- de materiales dendríticos en los valles y llanuras
situados al pie de las montañas. Del mismo modo, las nieves
de estas montañas no desaparecían a partir de los 1.300-1.400
metros[9] y, por
lo tanto, podríamos hablar de nieves perpetuas en la Tiñosa,
el cerro de la Virgen de la Sierra.
Respecto al utillaje encontrado y asignado al Musteriense, se encuentra
depositado en el Museo Local. De él sólo se ha llevado
a cabo el dibujo de las dos piezas por la referida profesora y, nosotros
las hemos identificado como dos raederas –catalogadas con las
siglas D-1 y D-2. La fuente o cantera de aprovisionamiento de la materia
prima –sílex de color gris, idéntico al del mayor
porcentaje de las piezas halladas en el yacimiento Epipaleolítico
de la Fuente del Carmen en Zuheros- podríamos encontrar en
los cortes septentrionales del cerro Zumacal en las Subbéticas
y, a escasos metros al sur del citado taller Epipaleolítico
de la Fuente del Carmen.
Estas lascas estaban destinadas a ser sujetadas directamente con la
mano, teniendo en cuenta la fuerte y poderosa musculatura de sus brazos
y manos. La alimentación de neandertal fue prioritariamente
vegetal, completada con la captura de animales pequeños, de
mediano tamaño y con el consumo de carroñas. Sin duda,
no era el gran cazador que se suponía. Desde el punto de vista
arqueológico, no se dispone de demasiadas pruebas de que los
neandertales practicaran cacerías sistemáticas y organizadas[10].
Durante estos tiempos el país, en general, debía estar
muy poco habitado y el hombre poblaría casi exclusivamente
la periferia y en particular el país cantábrico[11].
La esperanza de vida era baja –no se alcanzaba los 50 años-
debido al alto riesgo como consecuencia de heridas, enfermedades y
del clima. No obstante, en su anatomía la condición
relativamente corta de sus extremidades indican una adaptación
biológica al frío, ya que los miembros más cortos
limitan la pérdida de calor[12].
Por último y, teniendo en cuenta, el material arqueológico
hallado en este yacimiento y por otra parte las condiciones favorables
para un hábitat –como abundante agua, tierra muy fértil…-,
tenemos que apuntar, que no podemos hablar de un poblamiento estable
y duradero en este cerro hasta bien entrada nuestra era. Tras la pax
Romana, en el siglo I, durante el Imperio de Augusto y a lo largo
del reinado de la familia Julia-Claudia[13].
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[1] Consultar registro de almacén
núm. 77 del M.H.-A.M. de Dª.M. (Museo Histórico-Arqueológico
Municipal de Doña Mencía).
[2] Consultar la página
496 del tomo 2 de Los Pueblos de Córdoba. Prehistoria. Doña
Mencía de Mª. Dolores Asquerino.
[3] Para nosotros, al tratarse
de un hallazgo con escaso número de piezas, entendemos que
pudo deberse a la acción antrópica, debido al transporte
por algún campesino de nuestra época, desde un yacimiento
musteriense de las Subbéticas hasta este cerro. Desde muy antiguo
se conoce al sílex como la piedra del rayo, y por lo tanto
fácil de comprender esta hipótesis al ser muy usual,
hasta no hace muchos años, el empleo de esta piedra para hacer
fuego o para afilar herramientas, entre otras aplicaciones. Y como
más conciliadora con la opinión de la Drª. Asquerino,
este utillaje pudo haber sido desechado, perdido o abandonado por
cazadores de los interestadiales Würm II-III a su paso por las
Pozas y atraídos por los animales que muy posiblemente acudían
para abrevar en las tierras encharcadas y pantanosas del manantial
del Pilar de Abajo y de los arroyos de las Salinas y Guadalmoral,
que rodean el cerro.
[4] Consultar la hoja 967 y Cuaderno
explicativo, correspondiente a Baena. Escala 1:50.000 del Mapa Geológico
Nacional.
[5] Consultar la hoja 967-III,
correspondiente a Doña Mencía. Escala 1:25.000 del Mapa
Topográfico Nacional. Y la hoja 967, correspondiente a Baena.
Escala 1:50.000 del mismo Mapa.
[6] Consultar la página
88 del capítulo II, del volumen I, del tomo I de la Historia
de España de R. Menéndez Pidal. 1982.
[7] Consultar las páginas
87 a la 89 y el gráfico 16 del tomo 1 de la obra El Sur de
Córdoba. Estudio de Geografía Agraria, de F. Ortega
Alba. Edit. Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba
.[8] Consultar la página
VI/8 de la Unidad Didáctica 1. Arqueología y Prehistoria.
UNED. Y la página 88 del capítulo II, del volumen I,
del tomo I de la Historia de España de R. Menéndez Pidal.
1982.
[9] Consultar las páginas
87 y 88 del capítulo II, del volumen I, del tomo I de la Historia
de España de R. Menéndez Pidal. 1982.
[10] Consultar la página
1163 de Los neandertales de Eric Trinkaus. Volumen 6. Mundo Científico
nº. 63. Antropología.
[11] Consultar la página
88 del capítulo II, del volumen I, del tomo I de la Historia
de España de R. Menéndez Pidal. 1982.
[12] Consultar la página
1164 de Los neandertales de Eric Trinkaus. Volumen 6. Mundo Científico
nº. 63. Antropología.
[13] Para los casos de las
Pozas, El Laderón y los restantes yacimientos del territorio
menciano, consultar las obras Recintos y fortificaciones ibéricos
en la Bética de Fortea-Bernier, 1970. Y Nuevos yacimientos
arqueológicos en Córdoba y Jaén de Juan Bernier,
César Sánchez, José Jiménez y Alfonso
Sánchez. 1981.
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