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Publicado por Alfonso Sánchez Romero en El Bermejino nº 312, 314, 316, 318, 321, 323 (febrero 2006, abril 2006, junio 2006, agosto 2006, noviembre 2006, enero 2007). LA EDAD DEL BRONCE EN DOÑA MENCÍA. LOS PRIMEROS METALÚRGICOS EN EL LADERÓN Y EN EL CASTILLO Ateniéndonos a los materiales y restos arqueológicos que aparecen en el término municipal de Doña Mencía[1], podemos plantear la hipótesis de que los primeros habitantes que se establecieron de una manera más o menos estable, o de una forma casi permanente, fueron gente pionera en el uso del metal. Adoptaron influjos culturales provenientes quizá de la provincia granadina, a través del Sur de la provincia de Jaén o de la de Córdoba. Corrientes seguidas por las poblaciones asentadas en este territorio, que penetraron por las vías naturales marcadas por los cursos fluviales, como el Guadajoz o el Guadalmoral, o los valles que se abren entre las montañas que constituyen las sierras Subbéticas[2]. Estas corrientes culturales tienen lugar en un territorio accidentado por un complejo de montañas de mediana altitud (Subbéticas), aunque en contacto con la Campiña. Bajo un clima Subboreal -hacia el 3000 a.C. se vuelve continental, menos cálido y más seco que el Atlántico del período anterior, Neolítico-. La sequía estaría causada, entre otros factores, por la tala, que debió ser sistemática, porque se talaba para el cultivo y el combustible. Ello debió dar lugar al retroceso de las especies arbóreas. Al mismo tiempo, el enfriamiento quedaba garantizado por la aparición del brezo y el aumento de las herbáceas al hacerse el cultivo más intensivo. (Alcanzó su momento culminante hacia el 1800 a.C. cuando desaparecen de manera casi radical las termófilas, y se mantiene el encinar[3].) Entre los asentamientos del término de Doña Mencía
que presentan materiales asignables a estos momentos y por consiguiente
a culturas prehistóricas son: las Pozas, el Castillo, el cerro
del Laderón y el complejo Alón-Hortichuela-la Plata-Llano
Medina que se extiende por la base N. y NW. de este cerro. De todos
ellos nos vamos a ocupar más adelante, pero al ser El Laderón
el más importante, desde el punto de vista histórico
y arqueológico, vamos a darle prioridad. Sus niveles de ocupación,
a juzgar por los restos aparecidos, alcanzan una amplia cronología
que puede fijarse desde el Neo-eneolítico, pasando por los
Bronces, iberismo, romanización, ocupación árabe,
hasta la reconquista de estas tierras por la orden de Calatrava, hacia
mediados del siglo XIII. Con dos períodos de interregno o clara
recesión, no muy bien definidos, debidos al abandono del asentamiento
o descenso poblacional, en el Bronce Final y durante las invasiones
visigodas. Y además, porque presenta las condiciones de habitabilidad
más idóneas del territorio, como las de defensa, aprovisionamiento
de agua, tierras de cultivo, pastizales para el pastoreo, bosque cerrado
y caminos naturales de paso. La sierras Subbéticas, de cuyo complejo montañoso forma parte el cerro del Laderón, datan del Plegamiento Alpino. La más reciente orogenia que afectó a nuestras tierras a lo largo de la era Terciaria o Cenozoica –principalmente en el Oligoceno y Mioceno, entre hace unos cuarenta y veinte millones de años-, y a las que Ortega Alba denominó Piedemonte del Oeste[5]. Dominadas por las calizas en las zonas altas y rocosas, crean un paisaje abrupto y árido que dejan paso en las tierras bajas y llanas a suelos profundos y arcillosos, presididos por un terreno alomado plantado de olivos y algunas vides. Hoy, prácticamente desaparecidas, así como las tierras de sembradura de secano, dominantes en el siglo XVIII, según el Catastro de Ensenada de 1751[6]. La elección del Laderón como lugar de hábitat se debió, preferentemente, a su configuración de cerro amesetado, casi aislado e inaccesible por el norte y oeste –tajos de la Hortichuela y la Plata- y por consiguiente fácilmente defendible. Con una situación privilegiada de vigilancia y control del antiguo camino prehistórico y vía romana de Jaén a Ipagro (Aguilar)[7], llamado de Metedores[8] o Camino Viejo de Luque. Paso obligado de ganado y comercio de las llanuras sevillanas y valle del Guadalquivir y, por el sur de las costas malagueñas, con la zona minera de Cástulo (Linares) y Sierra Morena. También, por la proximidad de los manantiales de agua y arroyos de la Plata, las Pilas-Piedra Almez, Hortichuela, Alón. Buenas tierras de cultivo en los valles y llanos de la Plata, Llano Medina, Hortichuela, Alón, las Huertas, Genazar, Guadalmoral. Y al mismo tiempo poder desarrollar actividades de pastoreo en las zonas semiboscosas del monte: Almendral de la Plata, las Pilas, Piedra Almez, las Campanas, el Pozuelo, sin por ello olvidar la caza. Estos grupos metalúrgicos se distinguieron, principalmente, porque trajeron consigo el rito funerario de los enterramientos colectivos en sepulcros megalíticos y en cuevas artificiales, rito que denuncia nuevas concepciones religiosas y va a caracterizar este nuevo período cultural. En la opinión de Almagro este fenómeno tuvo lugar una fecha algo anterior al 2000 a.C. Representa el inicio y el principal foco cultural conocido cronológicamente como el período I Hispánico, llamado por otros arqueólogos Eneolítico o Calcolítico, ya que la metalurgia del cobre se ofrece sin aleaciones de estaño, pero sí con gran riqueza de arsénico. En el territorio menciano, aunque no han quedado huellas de estas manifestaciones funerarias –posiblemente debido a su reducido término municipal-, sí, en cambio, a unos ocho kilómetros al suroeste del Laderón y en término de Cabra, podemos citar la cueva artificial de La Beleña[9], conjunto funerario muy característico de la etapa calcolítica. También y, aunque no tipificada con claridad dentro de este movimiento, debemos citar a la cueva de Las Laderas[10], al sureste y como a algo más de dos kilómetros del Laderón, en las laderas septentrionales del cerro del Zumacal, de las Subbéticas y en el término de Zuheros. Se trata de una covacha natural abierta en un campo de lapiaz. Dentro de ella se encontró, además del material citado por M. D. Asquerino, un magnífico cuchillo de sílex de unos once centímetros de longitud por 1,8 de ancho. Como únicos hallazgos aislados, aunque encuadrables en este período y localizados en el término de Doña Mencía, citamos el lugar conocido por los Castillejos[11], en plena sierra Abrevia y, como a un kilometro al sur del Laderón, consistente en un conjunto de tres hachas de piedra pulida, una de las cuales de algo más de veinte centímetros de longitud. Y una cuenta de collar en piedra, con forma de pequeño disco, de algo más de un centímetro de diámetro exterior y, de clara tipología neo-eneolítica. Apareció en el El Pandaire[12], junto con escasos fragmentos de sigillata y otra cerámica atípica, sin que, evidentemente, presente relación alguna con este material. Respecto a los poblados, aunque los lugares elegidos para asentamiento presentan características muy similares a las del Laderón, ya citadas, habría que incluir la de tratarse de pequeños poblados solitarios. Por otra parte, difieren en que, aparecen fortificados, mientras en éste no se han encontrado restos o no se han conservado, atribuibles a esta época, posiblemente debido a no haberse practicado algún tipo de excavación científica. Estas se componían de fosos, torreones y muros espesos construidos de piedra y barro, reforzados con una serie de bastiones más o menos circulares, de tipo defensivo, en cada tramo y, unos complejos medios para restringir y canalizar la entrada al poblado, que era estrecha y detrás de la muralla. Las casas, en el interior del poblado, tenían habitaciones cuadradas y graneros, pero la estructura era de planta circular, más bien absidial. Su urbanismo incipiente, no tiene calles alineadas pero presentan una especie de pavimento de arcilla. Todo ello supone una sociedad organizada y dirigida. Su localización no era arbitraria sino perfectamente elegida como punto de apoyo para la seguridad del camino comercial hasta el mar y hasta los yacimientos minerales que interesaba explotar –El Laderón junto al Camino de Metedores que enlazaba las minas de la sierra de Córdoba y Jaén con Malaka-. En la opinión de Almagro, la actividad más general de estos pobladores sería, sin embargo, la agricultura y ganadería, y sólo una parte se dedicaría a las tareas metalúrgicas. De estos grupos urbanos integrados por metalurgistas y avanzados agricultores, añadieron a los cereales clásicos diversas leguminosas (habas, guisantes, lentejas) y textiles (lino y esparto). El registro de piedra pulida tanto en el Laderón, como en la Hortichuela-Plata y en el cerro de las Pozas, no ayuda a fechar estos yacimientos en el Neo-eneolítico y Bronces, no sólo por su hallazgo superficial y por lo tanto carente de estratigrafía que impide darles una cronología, sino y, muy especialmente, cuando estos útiles son muy utilizados desde el Neolítico hasta, prácticamente, los tiempos históricos. No obstante, la riqueza de otras piezas y objetos fechables, con mayor garantía, en esta etapa y, asociables a la piedra pulida, nos permite incluirla, al menos, desde este período. Las piezas de piedra pulimentada del Laderón, estudiadas
por Ruiz Lara[13],
suponen la mayor parte (79,31%) de todo el material investigado de
este yacimiento, en este período cultural (Calcolítico-Bronces,
+ - 2000 a + - 700 a.C.). Aunque no debemos tomar estos datos como
el cómputo definitivo, pues por diversas razones muchas debieron
quedar olvidadas en las estanterías y cajas del almacén
del museo o con posterioridad a su estudio se incorporaron otras nuevas,
y por lo tanto en las notas a pie de página ampliamos y completamos
con los registros de almacén. De entre ellas, la mayor cantidad
que se contabilizó fueron hachas, que superaron más
de la mitad del total (56,52%)[14],
después manos de mortero, alisadores, machacadores y manos
de molino[15].
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Ídolo del Laderón |
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También, de este yacimiento se registran morteros y fragmentos de molino de piedra para cereales, que Ruiz Lara no recoge en su estudio, pero nosotros sí lo hacemos constar para este período cultural, por su datación y asociación a las manos de mortero y de molino[19]. Refiriéndonos al complejo Alón-Hortichuela-La Plata-Llano Medina-, por extenderse al pie del Laderón, hacia el norte-noroeste y, por lo extraño de la aparición de un reducido número de piezas asignables a estas fechas, interpretamos que pudiera tratarse de material rodado de la meseta y laderas del cerro a estas tierras de cultivo, arroyos y manantiales situados más bajos, o incluso aceptar la posibilidad de que este mismo yacimiento se extendiera hasta el valle, buscando el agua de los acuíferos y la explotación de las tierras. Siguiendo el estudio de Ruiz Lara y, teniendo en cuenta el tiempo trascurrido de su publicación a ésta, con el consiguiente depósito en el museo de nuevo material que ampliaremos en notas aparte. De la Plata[20] describe, tan sólo, dos hachas de piedra pulida[21] y una placa de arenisca perforada[22]. La placa de forma rectangular, con las superficies muy bien pulidas, opina que pudiera tratarse de un colgante o amuleto por la disposición de la perforación circular en el ángulo superior derecho. El Alón, Hortichuela, las Huertas y Llano Medina, parajes de ricas tierras plantadas de olivar y, en tiempos pasados de fértiles huertas gracia a la abundancia de agua aportada por manantiales y arroyones, de sus mismos nombres. –Es de destacar, los manantiales de la Hortichuela y la Plata, abastecieron de agua potable al pueblo de Doña Mencía desde su captación en 1950, con la ampliación, unos años después, del Pilar de Abajo, hasta comienzos de la década de los ochenta, cuando se incorporó al Consorcio de Abastecimiento de Aguas a la zona Sur de la provincia de Córdoba, (Febrero 1981)-. Estos campos se confunden y lindan con la Plata, extendiéndose y rodeando al Laderón por su base septentrional. Ello viene a reforzar la hipótesis antes expuesta respecto a la procedencia de su material arqueológico asignable a estas fechas. Del Alón contabilizamos cuatro hojitas de sílex, una mano de mortero y un fragmento de muela de piedra para moler cereales[23]. Pero, sobre todo, no debemos de olvidar una sección de brazalete de piedra caliza, gris claro, muy pulimentada en sus paredes, que se ha conservado con unas dimensiones de 4,3 cm. de longitud y, 1,2 por 0,8 de sección[24]. De las Huertas-Hoyo de las Huertas o Huerta Paco, contamos con dos elementos de sílex tallado, un hacha –de pequeñas dimensiones 5,8 cm. por 3,9 y 2- y un fragmento de útil de piedra pulimentada[25]. De la Hortichuela se han conservado diecinueve láminas y lascas de sílex, algunos útiles típicamente denticulados y, cuatro piezas de piedra pulida[26] . Y del Llano Medina, una lasca de sílex, tres fragmentos de piedra pulida y otro de mortero de piedra caliza[27]. Caso aparte merece tratar al cerro de las Pozas, ya descrito en el Paleolítico Medio ante el hallazgo de las dos lascas de sílex musterienses. Sin embargo, la totalidad del material de su procedencia, lo define como un lugar eminentemente romano y medieval, pese haber dado algunas piezas de piedra pulida que las hace asimismo extrañas y anacrónicas en este contexto. Para lo cual, cabria aceptar, se trataran de útiles reaprovechados en tiempos ya históricos –como más arriba hemos defendido una amplia cronología para este tipo de material-. Teniendo en cuenta la escasez y poca significación que el mismo supone en el yacimiento, no nos permite considerar la posibilidad de una etapa prehistórica[28]. El cerro de las Pozas se encuentra situado, respecto al Laderón, a poco menos de dos kilómetros hacia el norte. Separados ambos por el arroyo Guadalmoral. Posee fértiles tierras sembradas de olivar y regadas por el manantial del Pilar de Abajo y los arroyos de las Salinas y del Guadalmoral. De él, hemos registrado dos elementos de sílex, siete hachas, y fragmentos de ellas de piedra pulimentada, una mano de mortero también de piedra pulimentada y un fragmento de muela de piedra[29]. De la cerámica, podemos afirmar, que es sobre todo utilitaria y en general lisa, a base de vasos lisos y globulares, cuencos esféricos y tinajas con grandes mamelones. Coexisten las formas pulidas de arcilla fina con otras toscas y ligeramente espatuladas en su superficie. Siendo estas últimas más propias del poblado que de las sepulturas. Pero, con la aparición del único elemento cronológico válido propio de los enterramientos, el vaso campaniforme, fija esta cultura a comienzos del II milenio a.C. Teniendo en cuenta, que éstos hay que asociarlos a los corredores cuando las cámaras ya estaban llenas de sepulturas. Del Laderón, si bien contamos con un escasísimo número de fragmentos cerámicos de dudosa adscripción al vaso campaniforme, en cambio, los hallazgos de las formas lisas o toscas y más o menos espatuladas se pueden contabilizar con una mayor abundancia[30]. No obstante, teniendo en cuenta que de esta supuesta cerámica campaniforme sólo hemos contabilizado dos fragmentos[31] y dado el reducido tamaño de los mismos, no permiten examinar con fiabilidad el tipo de decoración que presentan. Por lo que resulta difícil asignarle el grupo de procedencia, sin embargo por proximidad, asociación de otros hallazgos cercanos –en la Fuente del Río de Cabra o en Palma Baja de Baena- y ofrecer nuevos tipos cerámicos que anticipan las formas argáricas, sugeriríamos el grupo Palmella-Carmona. Los cuarenta y tres fragmentos de cerámica fabricada a mano, toscas o más finas y espatuladas, halladas en la Hortichuela[32], así como los tres del Alón[33] y el de las Huertas[34], que podemos asociar a la cultura de los Bronces, podemos darles la misma explicación que a la piedra pulida. Elementos, que por la acción de la erosión y la intervención antrópica, han caído rodados de las laderas y meseta del Laderón, o bien pudiera haber sido producto de la ampliación del poblamiento a estas zonas bajas en busca de los acuíferos. Con referencia al metal, D. Ruiz Lara[35], nos dice, que la punta de flecha hallada en el Laderón[36], así como la de la Hortichuela[37], ofrecen un mayor interés, al ser su forma asignable al tipo I de Berdichewsky[38]. Puntas de flecha foliáceas, entre las que se incluyen las puntas de Palmella, como éstas a las que estamos aludiendo. Este tipo de puntas son habituales en horizontes culturales del Eneolítico o Calcolítico o Edad del Cobre perviviendo incluso hasta el Bronce Antiguo, cuando serán reemplazados por otros tipos más avanzados, en los que se generalizan las aletas. Entre los objetos de adorno tenemos que señalar la ausencia de brazaletes de metal, aunque de piedra se conserva restaurado el del Alón[39]. Siendo en cambio numerosos los colgantes de piedra, como el citado junto con la piedra pulida en el Laderón[40] y el de la Plata[41]. Cuentas o abalorios de hueso, de concha y de piedra, hay que citar el de piedra hallada en el Pandaire[42] y, las tres contabilizadas del Laderón[43]. Dos de jade, de 1,5 cm. de diámetro exterior y 0,5 de grosor medio la de mayor tamaño y, la más pequeña de 0,8 de diámetro por 0,4 de grosor. Y otra de calaita o turquesa, con unas dimensiones de 0,7 cm. de diámetro y 0,5 de grosor, atestiguando con su presencia la existencia de un comercio lejano. Las nuevas concepciones religiosas que entronizaron estos grupos metalúrgicos en nuestras tierras han quedado registradas en el yacimiento del Laderón mediante dos “ídolos” en forma de doble hacha, en caliza blanco amarillenta[44]. Ambas piezas están grabadas en sus caras anterior y posterior. Una de ellas se ha conservado completa, aunque fragmentada en el tercio superior. Presenta unas dimensiones de 59,5 cm. de longitud, 33,5 de ancha en la base inferior y 13 hacia la mitad, y un grosor de 10. En la cara anterior, la decoración incisa, se resume en una serie de haces en espiga que nos recuerdan el triángulo sexual femenino. Como dato curioso y, sobre esta pieza observamos una cruz hecha a cincel que nos sugiere una cristianización posterior de la supuesta pieza idolátrica. La otra pieza, de la que sólo se encontró una mitad, tiene 34 cm. de base, 16,5 de ancho en la zona de ruptura y 10 de grosor. Sus grabados consiste en dos haces en zig-zag y la orla de líneas paralelas que recorren el contorno de ambas piezas. La cara posterior, consiste en un casi perdido bajorrelieve figurando triángulos y rombos. El investigador de estos “ídolos”, J. Fortea Pérez, publicó un trabajo en 1963 en la revista Zephyrvs de la Universidad de Salamanca[45], en el que llegó a la conclusión mediante paralelos -ante la falta total de estratigrafia- de la identidad formal de estas piezas con la Venus de Benaoján, encontrada en la cueva de la Pileta, pese a la ausencia de senos en los de Doña Mencía. Además, el punteado que representa el pubis femenino tiene su réplica en los haces de espigas, que encontramos en Almizaraque, Egipto, Antípatros. Esto y que la Venus de Benaoján tengan relación con Micenas y Asia Menor nos sugiere la influencia oriental de las dos piezas. La disposición decorativa ofrece parecido con la decoración de las hachas bipennes del Mediterráneo cretense. Sus formas son también semejantes a estas hachas y a los lingotes de cobre de la misma civilización. Ello nos conduce a pensar en una relación con las culturas egeas. Por otra parte, aunque no se tiene una convicción clara que
estas piezas sean ídolos, sin embargo no nos dejan muchas dudas
de su finalidad religiosa. Tengamos en cuenta el parecido decorativo
con los ídolos-placa de la cultura megalítica portuguesa
que extiende su influencia por Extremadura y Andalucía. En
cuanto a su datación, teniendo en cuenta la pérdida
total de estratigrafia –ya citada más arriba-, las joyas
de los tesoros del Carambolo y de Langreo parecen posteriores si nos
fijamos en los trazos imperfectos y cruzados, en los puntos de contacto,
de las dos piezas idolátricas del Laderón. Pero por
los restos cerámicos de este cerro y por la cronología
de las piezas con las que guarda relación: Venus de Benaoján
e ídolo-placa de la cueva del Bosque, podemos fecharlas en
el Bronce. |
Panorámica de Doña Mencía, con el complejo del Alón-Hortichuela-Plata al pie del Laderón. |
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Dentro de este arte esquemático clásico, el pictórico es el mejor conocido. No posee un área restringida de expansión, sino que encontramos sus manifestaciones por toda la Península, con ciertas preferencias por el Sureste, cuencas del Guadalquivir y Guadiana, entre otras de la zona levantina. No obstante, a lo largo de todo este amplio panorama geográfico podemos observar una gran unidad temática y, por lo tanto, cultural, aunque con las inevitables particularidades regionales, debidas en parte a las diferencias cronológicas existentes en la entrada del fenómeno, según las zonas. Las dificultades para la datación de estas formas artísticas se ven multiplicadas a la hora de fechar el ciclo que nos ocupa, ya que la relación física o local con elementos materiales fácilmente datables no existe. De ahí que las fechas originarias y finales, tanto como las etapas de evolución, sean profundamente aleatorias y no se puedan afirmar categóricamente. Sabemos, sin embargo, las épocas fundamentales del desarrollo de este arte, aunque no sea de un modo perfecto. Quizás el procedimiento más correcto sea el planteado por Breuil, ateniéndose a los conceptos estilísticos, y parte de la lógica de que las imágenes más naturalista deben ser las más antiguas. Para el caso del arte pintado de estos momentos culturales –del Calcolítico y Bronces- que se ha conservado en las paredes de cuevas, covachas y abrigos próximos a nuestro territorio, podriamos encuadralo en las fases del semiesquematismo y esquematismo absoluto, de Breuil[46]. Las cuevas, abrigos y covachas que vamos a citar en este territorio del piedemonte de las Subbéticas cordobesas, se localizan todas en las vertientes septentrionales y, presentan la abertura de entrada orientada hacia el norte. Tomando el Laderón como centro de referencia, hacia levante, mencionamos como más occidental y alejada la Covacha del cerro de Canjilones, del que dista algo más de seis kilómetros[47]. Se localiza en el cerro que le da el nombre, en el término municipal de Luque y a una altitud de 880 metros. En una de sus paredes rocosas sólo se conserva un cruciforme junto a unos trazos en vertical inidentificables, en tono rojo. El reducido número de pinturas y el mal estado de las que se conservan, entendemos se deba a la acción erosiva y antrópica, entre otras causas, principalmente, de carácter climático[48]. Algo más al noroeste y como a un kilómetro de esta covacha, en unas cotas más bajas (620 metros de altitud), se sitúa, con las mismas características topográficas y paisajísticas, la del Castillarejo. También en el término de Luque y, a una distancia de apenas seis kilómetros al noreste del Laderón. Casi todas las paredes del yacimiento se encuentran, prácticamente, cubiertas de pinturas realizadas en varios tonos del rojo. Habría que destacar la gran concentración en la oquedad centro-derecha, de restos de dos posibles cérvidos o équidos, figuras humanas tipo golondrina, o más bien, de ánades, otras figuras humanas en T griega, cruciforme, arborescentes, construcciones, mano, diversos cuadrúpedos… y, un sinfín de líneas y trazos indescifrables[49]. En la cueva de los Murciélagos de Zuheros, aproximadamente a mil metros de altitud en el cerro del mismo nombre, más cerca del Laderón que los dos anteriores abrigos, y por lo tanto a poco más de cinco kilómetros. M. D. Asquerino en una de las paredes de la cueva nos documenta el panel o friso de las cabras, un ancoriforme y una elipse. En otra pared un ídolo oculado. Terminando, que no son éstas las únicas pinturas del yacimiento, pero sí las publicadas y dadas a conocer hasta ahora, pues existen más, así como posibles grabados en las paredes rocosas[50]. Pasando el pueblo de Zuheros y el río Bailón, en su término municipal. Hacia poniente, a poco menos de cuatro kilómetros del Laderón. En los tajos de la Nava, y, a unos trescientos metros al sureste del taller microlaminar y recinto ciclópeo de la Fuente del Carmen, se encuentra la covacha o abrigo de la Nava. Se trata de una simple galería de unos siete metros de profundidad, con una ampliación al final. En la pared izquierda de este ensanchamiento se puede apreciar un círculo pintado de color blanco, del que parte un trazo recto y oblícuo que semeja una flecha[51]. Más al sur, a unos cien metros de la Nava y, por lo tanto,
en cotas más elevadas -900 metros- se localiza la cueva Bermeja
de Zuheros. A la misma distancia del Laderón Hacia poniente del Laderón, podemos enumerar dos abrigos o covachas, concentradas en los tajos del Torcal de Cabra y, cumpliendo con las mismas características de posición y orientación, que el complejo de la zona de levante, aunque ajustándose al paisaje y la topografia de este macizo. El más alejado del Laderón, la covacha Colorada en el término municipal de Cabra, se encuentra a algo más de tres kilómetros y a unos 1100 metros de altitud en las cumbres del cerro de Camarena o tajos del Torcal. Los motivos pictóricos, todos en tonos rojos, que se pueden apreciar son, principalmente, escenas de caza, formadas por dos cuadrúpedos y un cazador, en la zona de la derecha de la pared. En el área central y superior, así como en la parte izquierda, algunos restos y trazos sin descifrar[53]. Y el abrigo de los Portales, localizable en el mismo macizo de Camarena o del Torcal. Algo más cercano al Laderón, del que dista unos tres kilómetros y, a una altitud de 1000 metros. Tiene unos siete u ocho metros de profundidad y otros siete de anchura, presentando una especie de amplio vestíbulo que, al fondo y en su mitad, se levanta una concreción caliza en forma de columna de dos metros de altura y, es donde se encuentran los grabados. En la parte superior aparece una forma parecida a algunas de las representaciones humanas del Eneolítico. Más abajo, el grabado es una línea curva, casi elíptica, que encierra en su interior varios círculos y otros motivos indescifrables[54]. M. D. Asquerino dice que es la única covacha en Córdoba, hasta el momento, que tiene grabados de arte esquemático y, los fecha en el Calcolítico[55]. Aunque no existe un auténtico sistema explicativo del significado de este tipo de representaciones pictóricas, se admite generalmente una base religiosa con puntualizaciones descriptivas. Contenido descriptivo fundamental a las figuraciones, llegando incluso a considerar probable que se trate de un ciclo pictórico previo a la escritura propiamente dicha. Todavía y, antes de concluir esta etapa calcolítica,
tendríamos que reseñar el hallazgo obtenido con motivo
de la segunda campaña de excavaciones en el solar del Castillo
–Febrero a Abril 2000-. Durante la cual se puso al descubierto,
en la zona media de la franja anexa al muro de levante y torre prismática.
A escasos dos metros de profundidad y en un estrato de humus negruzco
y apelmazado, unos elementos de sílex tallado y otros fragmentos
de cerámica fabricada a mano y de tonos grises oscuros. El
hecho, nos llevó a la conclusión, teniendo en cuenta
la tipología del sílex y la cerámica, que pudiera
tratarse de material asignable al Calcolítico o primeros Bronces
–entre 2500 a 1500 a.C[56]. |
El Laderón vertiente W |
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| EL LADERÓN Y LA CULTURA ARGÁRICA Una nueva cultura con fuertes innovaciones económicas, técnicas y religiosas, surgida también en el Sudeste peninsular y con su centro más característico en El Argar, se sobrepone a la cultura de Los Millares y tendrá, más adelante, su repercusión en estas tierras del sur de Córdoba. Al igual que los primeros metalúrgicos, posiblemente sus vías de penetración, en el piedemonte de las Subbéticas, fueran los valles y cauces de los ríos, procedentes del territorio granadino o de los campos de Jaén. Aunque parece que no siempre se trataba de masivas inmigraciones, sino sólo de comercio intenso Se puede hablar de unos nuevos colonizadores que a comienzos del II milenio a. C. arraigan en los centros metalúrgicos y mineros que las gentes del Bronce I habían creado en la región de Almería. Son los llamados argáricos y se va a caracterizar por sus ritos sepulcrales, su cerámica y sus útiles metalúrgicos. Sus poblados, en nuestro caso El Laderón, al igual que en la etapa cultural anterior, se convirtió en el centro de atracción de estos nuevos grupos humanos: por su emplazamiento topográfico en lugar elevado, de difícil acceso, posiblemente protegido con defensas artificiales como son las murallas, reforzadas con torres de planta circular o cuadrangular y, por las mismas razones expuestas para el Calcolítico no se han conservado o detectado. Próximo a manantiales, fuentes y arroyos –como el de las Pilas, Alón, Hortichuela y los de la Plata y, arroyos de la Nava la Plata y Guadalmoral-, así como a terrenos aptos para la agricultura –El Alón, Hortichuela, las Huertas, la Plata, Llano Medina…, donde posiblemente se cultivaban varios tipos de cereales y leguminosas-, actividad económica que, junto con la ganadería, completa la importante industria metalúrgica ahora desarrollada. -Son consumados metalurgistas que practican la fundición a cera perdida, con lo que logran objetos de gran precisión y belleza-. Este reforzamiento económico se manifiesta en el auge de la población, alcanzándose un grado alto de especialización lo que significó la mejora de las condiciones de subsistencia, pudiéndose de esta manera lograr una mayor concentración económica y política. Son aún pequeños poblados que, en general, no pasan del millar de habitantes –en la zona de Almería-. El Laderón, posiblemente por su condición de aislamiento y alejado del foco principal, estuviera constituido por alguna pequeña agrupación tribal que apenas alcanzara los cincuenta habitantes-. Frente a los tipos de cabaña de planta circular o absidial calcolíticas, las casas son ahora con una o dos habitaciones de planta rectangular o cuadrada y fabricada de piedra, ofreciendo poblados mas extensos. Es en estos momentos cuando se puede hablar con pleno derecho de una revolución urbana, como consecuencia de lo anteriormente expuesto. Respecto a la vida espiritual, se aprecia un cambio en el nuevo ritual de enterramientos, pues los sepulcros colectivos del Bronce antiguo, van siendo sustituidos por inhumaciones individuales. Variando el lugar de enterramiento, según sea la fase cultural de las dos en que se ha dividido el período: Argar A –comenzaría sobre el 1800-1700 a.C. y llegaría hasta el 1400-, caracterizada por el enterramiento en cistas o túmulos, y la más reciente, Argar B –desarrollada entre el 1400 y el 1100 a.C.-, con enterramientos constituidos por grandes tinajas, llamadas pithoi. El cadáver era colocado generalmente desmembrado cuando el enterramiento se realizaba en tinaja, mientras que cuando era en cistas aparece encogido. Los ajuares de las sepulturas presentan diferencias claras, tanto respecto al horizonte cultural de los Millares como entre las dos fases. Las tumbas en cistas ofrecen las alabardas, botones con perforación en V, pequeños puñales triangulares, punzones y oro. En los pithoi o tinajas encontraremos algunas espadas, puñales estrechos, hachas planas, diademas de plata[57]. La forma de enterramiento que ha dejado constancia en territorio menciano, concretamente en el Laderón, es una tumba de tradición argárica, adscribible a la fase del Argar A. Se trata de una inhumación, correspondiente a un individuo joven, varón, efectuada en una fosa rodeada de algunas piedras, que quedó al descubierto, a causa de la erosión, en el arranque de la ladera noroeste de la meseta del cerro, y por lo tanto, en el terreno que podría constituir el suelo del poblado. Encontrándonos con la costumbre argárica de enterrar a los muertos en el área ocupada por las viviendas. El ajuar funerario se componía de un cuenco de cerámica hecho a mano, un sílex tallado, un útil de piedra pulida y una magnífica daga, puñal o espada corta de bronce, de 26 cm. de longitud y hoja ancha, extraordinariamente bien conservado, pero de la que sólo se conservan dos clavos de los cinco que la unía a la empuñadura. Los otros dos fueron utilizados para su datación por los métodos científicos del carbono 14 y pureza del cobre, que arrojaron una fecha en torno a 1800 a.C[58]. Sin embargo, no es seguro que el uso de los enterramientos en cistas no continuaran probablemente cuando aparecen los enterramientos en pithoi, pues así lo confirman algunos hallazgos de sepulturas en cistas que se realizaron paralelamente a los enterramientos en pithoi. También parece poderse establecer cierto carácter de clase social para estos tipos de sepulturas. Así en Fuente Álamo se puede señalar que los enterramientos en cistas continuaron siendo usados siempre como rito propio de los individuos más ricos[59]. Desde el punto de vista de la economía domestica, resulta sumamente demostrativo los molinos barquiformes[60] hallados en el Laderón, junto a algunas piezas de sílex dentadas para hoce[61] s y, otros elementos de piedra pulida, como manos de molino[62]. Ello nos habla en favor de que existía panificación en el poblado y, por consiguiente, tanto la recolección del producto panificable como la molienda del cereal. Lo contrario es posible que ocurriera, respecto a las cuestiones metalúrgicas. Es decir, al plantear la disponibilidad de la materia prima para el desarrollo de la metalurgia y lo concerniente al trabajo en las minas. Pues, si bien, se dispone de varias escorias[63] de aleación de bronce procedentes del Laderón, sabemos que en su hinterland no se han dado ni se encuentran en la actualidad minas. Lo que nos hace pensar, que estas escorias serían sólo la prueba de reelaboraciones o refundiciones en el yacimiento, mientras que la materia prima se importara desde otros lugares más próximos –Sierra Morena o bien desde la misma zona argárica-, en los cuales se llevaban a cabo las faenas propiamente metalúrgicas y los primeros pasos de la cadena productiva. Una de las pruebas más claras de diferenciación entre
la cultura del Argar y la anterior Época del Cobre, es la cerámica
bruñida. Al pasarse de un estadio al otro, se aprecia un enorme
cambio en la tipología cerámica, abandonándose
el uso de las antiguas vasijas de perfil poco marcado, que algunas
veces llevaban decoración para generalizarse la utilización
de otras formas , dentro de las cuales destacan los perfiles de los
vasos carenados, carentes de decoración pero con la superficie
sumamente bruñida. Estos alcanzan a tener, en algunos casos,
un brillo casi metálico. -¿Influencia de los vasos de
metal? En el caso, del vaso de la tumba de tradición argárica
del Laderón[64],
pensamos que nos encontramos ante un ejemplar arcaizante, que presenta
un perfil desdibujado, con la boca amplia y el borde algo exvasado,
sin decoración, el bruñido muy perdido y en cuyo galbo
apenas se aprecia la carena media. En general, los fragmentos de cerámica
bruñida, hallados en este yacimiento, son tan abundantes que
sólo citaremos algunos de los que se recogen en el museo[65]. |
El cerro de las Pozas desde la Iglesia Vieja |
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| Otras características de las sepulturas más antiguas, son las alabardas tipo El Algar, con fuerte nervio central y la base más o menos ensanchada, con remaches para ajustar el mango. En general, se ha dicho que estas alabardas aparecen con ajuares típicos del Argar A de Fuente Álamo, correspondiéndose con otros ejemplares contemporáneos del Bronce Antiguo del centro y occidente de Europa. Aparte de algunas formas de hachas planas, tenemos los puñales de hoja apuntada, con el nervio abultado y a veces más aplanado, que tienen paralelos con otros puñales del Heládico Medio de Grecia. La espada corta o el puñal de la tumba del Laderón, presenta estas características de hoja apuntada, el nervio más bien abultado y, al igual que las alabardas, con la base relativamente ensanchada y, con cinco remaches para fijarlo al mango. Respecto al hipotético influjo que la cultura del Bronce del sudoeste de la Península Ibérica pudo haber experimentado en los argáricos del Laderón, tenemos como prueba un pequeño puñal de bronce[67]-¿de carácter votivo?-. Presenta unas dimensiones de 6,1 cm de longitud y 3,1 de ancho en el extremo opuesto más amplio a la punta, donde en los extremos se sitúan dos perforaciones con sendos remaches o clavos para fijarlo al mango y, con un ligero engrosamiento en la zona media con el fin de darle más resistencia. Igualmente podemos documentar, con ciertas reservas en estas fechas, tanto para el Argar A como para el Bronce del sudoeste, los restos de una cista excavada en parte en la roca y por lajas de piedra caliza. Se localiza en la zona de levante de la meseta del Laderón. Junto al arranque de los crestones calizos que se precipitan en dirección al paraje de la Piedra Almez[68]. Esta cultura del Bronce del sudoeste presenta, en su extenso territorio, una serie de necrópolis en cista que por su parecido se han relacionado con las argáricas del sudeste. La región, rica en cobre, y otros minerales ofrece unas condiciones de vida basadas en la obtención de éste, así como en la agricultura y ganadería, por poseer unas zonas fértiles en el sur de Portugal. Respecto a la estructura religiosa y social, los enterramientos individuales contrastan con los del periodo anterior que se hacían colectivos. Del mismo modo, que en el Argar, los ajuares de las tumbas presentan diferencias no sólo con respecto a los del período megalítico sino, también, entre las dos fases en que se ha dividido esta cultura. Pese a que en la actualidad se desconocen sus poblados, posiblemente debido a la falta de investigación. Schubart supone que habría asentamientos permanentes en la zona agrícola del bajo Algarbe y en la región de Beja. Y probablemente no estuvieran fortificados, como los del Argar[69]. LA CRISIS DEL BRONCE FINAL EN EL LADERON La solución de continuidad que presenta nuestra edad del Bronce obedece, no a un hiatus, o insuficiencia de conocimiento, sino a una verdadera sustitución de cultura. Para poder hablar de una segunda Edad del Bronce española es preciso que la importación de modelos de la última cultura del bronce tome carta de naturaleza en nuestro suelo. Numerosos moldes de fundición acreditan la actividad local de la nueva metalurgia y, sobre todo ciertas modificaciones en las formas de las armas y utensilios. Para Bosch Gimpera[70], todo queda reducido a algunos depósitos y hallazgos sueltos de objetos de bronce; la cerámica de tales tiempos nos es absolutamente desconocida. Pericot[71], por su parte, se expresa en líneas parecidas. Entre la cultura del Bronce anterior y el Bronce Final, existe la diferencia, que en la primera los hallazgos son, principalmente, sepulturas, y en la segunda, depósitos o escondrijos de piezas metálicas. El hecho es tan corriente, que se ha podido hablar de una Edad de los depósitos de objetos de bronce. Además de por la índole de los hallazgos estos períodos del Bronce se diferencian por la forma, la materia y la técnica de fabricación de sus armas y utensilios. En el Argar, las piezas metálicas están trabajadas a martillo, o en fundición directa, o mixto de las dos. En el Final la fundición se generaliza y perfecciona con el procedimiento de la cera perdida. En lo referente a la materia, cesa la dualidad de cobre y bronce, que caracteriza a lo argárico. Ahora, las armas y utensilios se fabrican exclusivamente en bronce. Estas armas, exceptuando tal vez las pequeñas puntas de flecha barbadas y pedunculadas, tienen formas nuevas y diferentes del Argar y, así frente a los contornos rectos y cortes planos de las piezas argáricas, las espadas, lanzas y puñales del Bronce Final presentan perfiles ondulados y secciones romboidales debidas a robustas nervaduras. Las hachas planas son reemplazadas por las llamadas de talón y, por las tubulares y de aletas laterales, mucho más frecuentes. Por otra parte y, a cambio de la desaparición de ciertas clases de objetos de adorno, como las diademas de oro y plata y los pendientes y brazaletes en espirales de cobre o bronce, juntamente con el abandono general de los instrumentos de piedra, el Bronce Final aporta novedades de la mayor trascendencia, como las primeras armas defensivas, cascos, y los primeros broches o fíbulas. Novedades menores son los botones metálicos, los cuentos o regatones de lanza y otras piezas de dudosa clasificación, como los arneses para caballerías[72]. En definitiva, nuevas aportaciones culturales definirán lo que hemos llamado Bronce Final. Estas pueden asegurarse que llegan traídas por tres corrientes culturales fundamentales: atlántica, europea que llega por vía terrestre y mediterránea, ya conocida por los primeros textos escritos. Estas tres corrientes culturales incidirán de manera diferente en las diversas regiones peninsulares, separándose, además, por los distintos sustratos culturales existentes, fruto de las anteriores culturas. Presentando la Península zonas diferentes, en las que se combinan las tradiciones del Bronce Medio, con los nuevos elementos extrapeninsulares traídos por unas corrientes que influyen con mayor o menor intensidad en las últimas etapas de las Culturas del Bronce Medio peninsular. Fue en este período del Bronce Final cuando la Península, mediante estas corrientes culturales, recibe una gran aportación étnica que conocemos con el nombre de invasión céltica y que de hecho representa una profunda transformación de la población peninsular al recibir un complejo de gentes centroeuropeas, que traen además de una lengua, diversos elementos económicos y culturales que integran a la población indígena con los pueblos y culturas ultrapineraicas. Aunque desde el Bronce I están atestiguadas las relaciones Atlánticas, como la cultura megalítica del Suroeste hispano se extendió hacia Europa siguiendo la ruta atlántica y, posteriormente el vaso campaniforme en el Bronce Medio llegó acompañado de elementos atlánticos de origen europeo. Es en el Bronce Final cuando estos contactos se hicieron más sistemáticos y numéricamente mayores y, con el tiempo creando una acusada uniformidad cultural que se conoce como Bronce Atlántico. Éste, se ha dividido en dos periodos, el primero que se ha fechado entre 1520 y 1100 a.C. y, el segundo, del 1100 al 900 o 700 a.C., según las zonas[73]. Del yacimiento del Laderón, si bien, no podemos hablar de una evidente sustitución de cultura, tampoco de una total desaparición cultural por abandono del poblado. Pues disponemos de algunos hallazgos que en unos casos podemos asignarlos al Bronce Final, -teniendo en cuenta, por supuesto, su carácter descontextualizado- y en otros de una dudosa filiación. Sin embargo, algo que se deja notar, a través del material procedente de este poblado y asignable a esta etapa, es el cambio o predominio de los influjos culturales del Bronce del Suroeste respecto al argárico de la etapa anterior, cristalizando ahora en el Bronce Atlántico de la etapa final. Algo que ya dejábamos entrever, al analizar algunas piezas del Bronce Medio, como el pequeño puñal de bronce[74] o los restos de la cista[75] localizada en la zona de levante de la meseta del cerro. Los hallazgos del Laderón que con cierto rigor definen el
predominio de los influjos del suroeste, es una punta de flecha de
bronce, con espiga o pedúnculo, perfil triangular y las aletas
picudas hacia la base. Mide 6,2 centímetros de longitud[76].
Es similar a otras procedentes del depósito de la ría
de Huelva[77].Otras
piezas de este poblado y equiparables a ejemplares del lote de Huelva,
son un par de cinceles, un punzón, un alambre en forma de arete
abierto y tres anillas, todos de bronce. Los cinceles[78],
con un extremo romo y el opuesto afinado en bisel, presentan sendas
longitudes de 4,4 y 2,5 centímetros y sección rectangular
de 0,9 por 0,7 y 0,6 por 0,4 centímetros respectivamente. El
punzón[79],
muy mal conservado, con los extremos terminados en punta, tiene una
longitud de 5,5 centímetros. El alambre con los extremos aguzados
y plegados[80],
se conserva con forma de arete abierto, de 6,2 centímetros
de longitud y 0,09 de diámetro de sección. Y las tres
anillas o anillos[81]
-que pudiéramos asociarlos a arneses de caballerías-,
de diámetros 2,4, 2,2 y 2,12 centímetros con secciones
muy irregulares de 0,4, 0,3 y 0,28 centímetros respectivamente. |
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| Fuera del este yacimiento pero dentro de su hinterland, podemos citar otras piezas aportadas por los asentamientos de la Hortichuela y del Llano Medina. Tierras que por estar situadas junto y en la base norte del cerro, su hallazgo pudiera explicarse como procedente del Laderón, por las razones que ya expusimos para el Calcolítico y cultura Argárica –caídas y rodadas de la meseta o expansión del asentamiento a estas zonas bajas y bien regadas-. Un punzón de bronce[82], hallado en la Hortichuela, con los dos extremos apuntados y 9,5 centímetros de longitud. Y del Llano Medina, un cincel[83] y un punzón[84], ambos de bronce, romos en un extremo y el opuesto biselado en el cincel y puntiagudo el punzón y, una longitud de 13,5 centímetros de longitud el primero y el segundo 6,9. Todavía, no debemos dejar de citar el hallazgo, en el paraje de la Higueruela, de una cista de incineración, con un alfinete o asador de bronce[85] en su interior. Situado a escasos cuatro kilómetros al norte del Laderón, junto al Camino Real y el Camino viejo de Baena. Lugar del que tenemos referencias arqueológicas por la aparición de material fechable en plenos momentos históricos y medievales. La cista estaba excavada en piedra tosca, muy deleznable y fácil de trabajar. En su interior se encontró, como ajuar, un asador de bronce plegado y de 58,5 centímetros de longitud, con un extremo apuntado y el otro simulando una empuñadura, formada por un ensanchamiento terminal en disco y a unos doce centímetros otro ensanche más amplio. Igualmente podemos asociar a esta cista de incineración, el hallazgo de un cincel[86] de bronce de 9 centímetros de longitud, con un extremo romo y el otro afilado en bisel, en el paraje conocido por Talegares-Venta, a unos doscientos metros al suroeste de la citada Higueruela y también lindante con el Camino Real. Sin embargo, el ritual funerario de incineración, para nuestro caso, habría que adscribirlo a los posibles primeros contactos con los pueblos invasores indoeuropeos, ya bien entrado el primer milenio a.C.[87], pese a que nuestras tierras, tan apartadas de las rutas de penetración de estos pueblos y sin apenas huellas, ni muestras de su paso, deja esta hipótesis en una situación bastante precaria. A resultas de los escasos hallazgos documentados y asignables al Bronce Final, procedentes del territorio menciano, podemos teorizar que el reducido grupo de población que se asentó en el cerro del Laderón, en el Calcolítico –en torno al 2000 a.C.- Unos doscientos años después se aculturizó con las corrientes argáricas provenientes del sureste español, hasta, aproximadamente, a comienzos del último tercio del II milenio a.C., que de nuevo se vieron impregnados por unas nuevas, aunque tímidas, aportaciones culturales procedentes, en estos momentos, del suroeste peninsular. De todo lo cual deducimos, que muy probablemente, al comenzar la etapa del Argar B, hacia el 1400 a.C. el grupo del Laderón se fue reduciendo o desapareciendo, prácticamente, por razones que nos es imposible señalar de momento –a falta de excavaciones científicas, entre otros estudios-. Pero es al final de la cultura de los Bronces, hacia el 700 a.C., cuando otros pueblos del Mediterráneo y, en este caso, procedentes de ambas zonas, suroeste y sureste, dan la definitiva fisonomía que este yacimiento va a mantener a lo largo de su historia. Antes de cerrar este apartado de la Edad del Bronce, pensamos que puede sernos de cierto interés retomar el tratado de los grabados rupestres de la cueva de los Portales (en el Torcal o cerro Camarena de Cabra), ya recogidos junto con la pinturas esquemáticas, con el fin de hacer una exposición algo más exhaustiva, al detectarse posibles conexiones con los petroglifos o insculturas de Galicia y Portugal de esta fase. Sin embargo y, antes de entrar en su exposición, hemos de apuntar que somos conscientes de no haber sido pocos los problemas planteados por estos petroglifos y, que pese a ello, ya tienen dilatada bibliografía[88]. Obermaier, distingue dos fases para estos grabados rupestres. A la primera y más antigua, fechada en el Eneolítico, corresponden estilizaciones antropomorfas y zoomorfas y, figuras lineales cruciformes, rectangulares y otras. Y la segunda, en la Edad del Bronce, líneas ondulantes, espirales y las múltiples combinaciones circulares, con otras figuras más complejas[89]. Como podemos comprobar, a la hora de analizar y estudiar los grabados de la cueva de los Portales, podríamos asignar la fecha del Calcolítico para la figura humana estilizada, realizada con trazo fino y localizada en la parte superior de la supuesta columna estalagmítica y, para el complejo de la línea curva, casi elíptica, con varios círculos[90] y otros motivos de difícil descripción, con trazo más grueso, desarrollado en la zona baja de la misma formación caliza, a la segunda etapa o de la Edad del Bronce[91]. Los grabados de la cueva de los Portales se diferencian de los petroglifos
gallegos, en que éstos se localizan sobre losas horizontales
y, con preferencia en las cercanías del mar y de las fuentes
y, los de los Portales en las paredes rocosas de la covacha o abrigo,
lejos del mar y relativamente de la fuente de Camarena. En cambio,
vienen a coincidir en que, unos y otros, se encuentran en inmediata
relación con las pinturas rupestres esquemáticas, pese
a que estas tienen un origen más antiguo y acaban antes que
las insculturas. Respecto a su interpretación, Obermaier, con
mas prudencia, considera estos grupos como lugares de culto. |
La Higueruela |
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[1]Consultar registro de almacén
y fichas del Catálogo General de yacimientos arqueológicos
del término municipal de Doña Mencía, núms.
29, 44-287, 68-311-376, 69, 70, 77-121, 86, 91-326, 93-400, 95, 96,
106, 109-272, 116-320, 147, 177, 220, 230-261, 335, 481 del M.H.-A.M.
de Dª.M. (Museo Histórico-Arqueológico Municipal
de Doña Mencía. |





